MUJER Y MOVIMIENTO OBRERO: LA AGENDA REVOLUCIONARIA NO CULMINADA

Por Alba Peñasco, graduada en Filología Hispánica, Máster en Profesorado de Educación Secundaria y experta en género y coeducación

La incorporación de la mujer al trabajo supuso para las distintas corrientes políticas relacionadas con el movimiento obrero y la lucha sindical una oportunidad de ampliar sus filas y, por consiguiente, una mayor probabilidad de alcanzar sus metas. Algunos de estos movimientos simultáneamente a esta incorporación comenzaron a integrar en sus reivindicaciones algunas de corte más feminista, como la igualdad del hombre y la mujer en cuanto a derechos laborales y salarios y como individuos en general.

Sin embargo, cualquier consideración al respecto de cómo evolucionó esta situación de ahí en adelante no puede realizarse sin tener en cuenta el contexto en que todas estas revoluciones se llevaron a cabo: inmersas en una estructura patriarcal hegemónica de larguísimo recorrido histórico, cuyas consecuencias supusieron en la mayoría de los casos un verdadero obstáculo para la victoria de la lucha feminista integrada en dichos movimientos.

Tan desfavorable contexto para la mujer se dio en todos los ámbitos del progresismo, como paralelamente ocurrió en el ámbito intelectual y cultural de inicios del siglo XX, en el que las mujeres formaron parte activa de todos y cada uno de los movimientos artísticos de vanguardia pese a que sus figuras no fuesen reconocidas como se merecían y siempre fuesen juzgadas con mayor crudeza que sus compañeros masculinos.

 

Una doble explotación

La poeta y anarquista Lucía Sánchez Saornil es una figura que hay que rescatar a la hora de construir genealogías feministas obreras en el contexto español. Estamos ante una escritora que se inició en los versos de corte modernista y evolucionó hasta ser considerada como uno de los pocos ejemplos femeninos de la corriente ultraísta en nuestro país. Pese a que nunca dejó de lado sus inquietudes artísticas, destaca por su amplia y comprometida militancia política, enmarcada en el anarcosindicalismo de corte más feminista en el que se inició en 1920, pocos años más tarde de haber comenzado a trabajar como telefonista, y que la llevó a crear junto a otras compañeras como Mercedes Comaposada y Amparo Poch la organización feminista Mujeres libres.

Sus artículos y testimonios son fundamentales para comprender los obstáculos a los que se enfrentó la mujer a la hora de incorporarse a la lucha obrera y sobre qué cimientos se asentaba esta problemática. En 1935 publica una serie de cinco artículos en la revista Solidaridad Obrera a los que denominó “La cuestión femenina en nuestros medios”, en los que respondiendo al compañero Mariano Rodríguez Vázquez y su artículo “La mujer, factor revolucionario” trata de aclarar el porqué de la lenta incorporación de la mujer al movimiento, en este caso, anarcosindicalista, pero en general en la lucha obrera. Así, Lucía Sánchez Saornil se refiere a la doble moral de sus camaradas masculinos que clamaban por la necesidad de acercar a las mujeres a la lucha, pero no cumplían con estas ideas en su vida personal:

“Mientras claman contra la propiedad, son los más furibundos propietarios. Mientras se yerguen contra la esclavitud, son los “amos” más crueles. Mientras vociferan contra el monopolio, son los más encarnizados monopolistas (…). El último esclavo, una vez traspuestos los umbrales de su hogar, se convierte en soberano y señor. Un deseo suyo, apenas esbozado, es una orden terminante para las mujeres de su casa. El que diez minutos antes tragaba toda la hiel de la humillación burguesa, se levanta como tirano haciendo sentir a aquellas infelices toda la amargura de su pretendida inferioridad”.

Lo cierto es que esta sustancial diferencia entre la teoría y la práctica parece que se dio en mayor o menor medida en todos los movimientos dentro de la lucha obrera. Pero no solo es este el motivo por el que el papel de la mujer en ella parezca prácticamente anecdótico, sino que hay que tener en cuenta que la lucha de este colectivo fue eminentemente masculina, con el arquetipo del varón militante, trabajador de la metalurgia o del mundo de la construcción, comprometido con la ideología y alejado de sus otros compromisos, como su esposa e hijos, como medida universal y sujeto político de la revolución.

Esta situación provocó también que la mujer trabajadora no se sintiera en muchos de los casos representada o que se viese obligada a elegir entre la militancia y su vida privada, ya que los valores que se promovían no conjugaban ambas esferas de la vida, perpetuando así su sometimiento a una doble explotación, la del capitalismo y la del patriarcado.

Teniendo en cuenta  todo esto, se puede afirmar que, si bien el concepto de igualdad se contempló dentro de la agenda revolucionaria, una lectura feminista de todo lo ocurrido durante el siglo XX nos indica que quizá la consecución de esta meta no fue realmente un objetivo primordial en el movimiento obrero. Parece que a la mujer siempre se le pidió esperar, obligándola a aparcar la lucha feminista para favorecer otras reivindicaciones frente a esta, como si no pudiesen conjugarse unas con otras, tal y como tuvo lugar durante la Guerra Civil y la dictadura franquista. Dicha circunstancia terminó por encaminar a muchas trabajadoras, comprometidas políticamente, a elegir entre la doble lucha o la lucha única, considerando el feminismo como un movimiento transformador de la realidad en sí mismo.


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