TRASTORNOS DE LA CONDUCTA ALIMENTARIA Y PERSPECTIVA DE GÉNERO

Por Mirian del Olmo, trabajadora social especialista en mediación y Máster en igualdad de género. Intérprete en lengua de signos y apasionada de la accesibilidad

Los trastornos de la conducta alimentaria, TCA, constituyen el amplio colectivo de desórdenes psicoemocionales asociados a la alimentación. Este tipo de tiranía y autocastigo físico a través de la privación, el exceso de ingesta o el exagerado control con respecto a la comida se manifiesta en nuestra sociedad de múltiples grados, formas y consecuencias para la salud individual y colectiva.

Aquí podemos recurrir a la idea de visualizar un iceberg, donde en la superficie, en la parte visible, se podrían ver los ingresos hospitalarios en psiquiatría o el tratamiento ambulatorio cuando el TCA se convierte en especialmente grave. Pero bajo el agua y no buceando mucho, nos encontramos con el autocastigo impuesto del hambre, del atracón o de la vomitona, los cambios de humor, la desconexión con el grupo de iguales, el cambio más o menos drástico de hábitos de ocio o enfermedades derivadas de este tipo de maltrato, como los problemas bucodentales o de descalcificación asociados con la bulimia o la anorexia. Si buceamos un poquito más, llegamos a esa zona por donde nos hemos zambullido de un modo más o menos directo la gran mayoría. Aquí se encuentra el control de peso exagerado, la angustia cuando no cierra ese pantalón, la comparativa con cuerpos más heteronormativos que el nuestro, el autocastigo, los pensamientos rumiantes de culpa u obsesión con respecto a la comida…

Aplicando la perspectiva de género para acercarnos a los TCA podemos enfocar nuestra mirada empleando dos distintos prismas complementarios: el primero sería el de las imposiciones estéticas sobre la normatividad heteropatriarcal de los cuerpos y el segundo el de concebir el autocastigo que supone el desarrollo de cualquier TCA como única medida de control sobre nosotras mismas y nuestro espacio físico.

Es más que obvio que en los ’80-’90 fue el 90-60-90, luego la ausencia total de curvas traducida en la extrema delgadez insalubre. Ahora, lo que está siguiendo es un patronaje físico imposible y antinatura, solo viable a partir del paso por quirófano. Además del prohibirnos envejecer, a las mujeres se nos insta a una voluptuosidad inconcebible, fruto de las operaciones de cirugía estética. De nuevo, aquí, una vez más, la opresión patriarcal y el capitalismo se dan un fuerte abrazo y nos miran desde arriba.

Centrándonos en el segundo prisma, el desarrollar un TCA como válvula de escape a la imposibilidad de controlar en toda su magnitud nuestro entorno y contexto socio-cultural, aparece la tiranización de la relación con la comida. Tener un mal día y solucionarlo con un atracón de dulces o sin cenar, puede dar como resultado si se convierte en algo recurrente un TCA. Se puede añadir la sobrexposición a referentes irreales, que podemos sufrir en las redes sociales, en la televisión o en el resto de medios de comunicación, hasta el punto de distorsionar nuestra percepción de la realidad, remitiendo a los referentes que quieren que consumamos como “estándares sociales normalizados”. De todo este sumatorio se obtiene una ecuación terrible que te lleva bajo el agua helada o a encallar sobre el hielo.

No obstante, también hay mujeres que son portadoras de alguno de estos trastornos y que son ciudadanas funcionales. Nunca alcanzando la gravedad de un ingreso psiquiátrico por TCA o por cualquier otra sintomatología derivada del mismo, pero conviven, a veces, durante décadas y décadas, con el trastorno como si fuera su sombra, el cual se muestra, por épocas, más o menos visible.

 

¿Cómo ser más amables con nuestros cuerpos?

En una sociedad donde se te felicita por adelgazar, es muy fácil caer en esa espiral de autoflagelación y obsesión corporal. La relación con la comida puede ser un auténtico infierno donde echar a arder todo, incluso a ti misma. Cuando se sufren picos de estrés, cuando se sufre acoso, de cualquier tipo, cuando no hay vínculos familiares sanos... el factor nutricio que supone la ingesta de alimentos puede convertirse en una herramienta psicoemocional de doble filo, donde la obsesión por el peso y la comida cada vez van ganando más terreno en nuestra mente y, donde a nivel social, nos vamos excluyendo más y más de relaciones y vínculos sanos y normalizados.

La búsqueda de referentes reales, la puesta en común, la escucha activa entre nosotras desde la ausencia de juicio y autocastigo, la educación e información sobre hábitos de alimentación saludables, dejar de seguir perfiles o cuentas que fomenten la autoflagelación alimentaria o muestren cuerpos irreales o el consumo de contenidos audiovisuales donde aparezcamos mujeres diversas son algunas herramientas a integrar para permitirnos una convivencia más nutricia y amable con y para nosotras mismas.

Sé amable con tu cuerpo y mírate desde el autocuidado; gradúa tus gafas moradas todas las veces que necesites delante del espejo.


 

Los cánones de belleza son una auténtica herramienta al servicio del patriarcado, sobre la que ya hemos hablado anteriormente en el blog: https://perifericas.es/blogs/blog/los-canones-de-belleza-como-herramienta-del-patriarcado

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