PATRIARCADO SOBRE RUEDAS

Por Mirian del Olmo, trabajadora social especialista en mediación y Máster en igualdad de género. Intérprete en lengua de signos y apasionada de la accesibilidad

La autonomía de cualquier persona adulta va asociada, en el ideario colectivo y transpersonal, a la libertad de movimientos, al ir y venir de manera independiente. Si “toda mujer debería tener una habitación propia”, como lúcidamente escribió Virginia Woolf, también toda mujer debería tener libertad de movimiento. Dicha libertad recae, demasiado a menudo, según nuestro paradigma habitacional occidental, urbano y sociodemográfico actual, en el ser capaz de llegar y volver a sitios donde tenemos o queremos hacer diferentes cosas. Así , tenemos que desplazarnos al trabajo, queremos viajar por ocio, visitar seres queridos..

A partir de la revolución industrial y la tecnificación del sector automovilístico los coches se han convertido en el medio de transporte por antonomasia. No en igual medida la representación paritaria entre mujeres y hombres al volante. Desde el primer modelo de Henry Ford al último modelo Tesla, los coches, como cualquier producto sano del patriarcado, están principalmente diseñados por y para ellos. Las mujeres vamos haciendo lo que podemos. Por supuesto, el análisis de clase es más que adyacente, puesto que, aunque el capitalismo se supo adaptar al poder adquisitivo de las clases medias con sus gamas bajas y sus montajes en cadena, cuanto más dinero tengas, más seguro, más prestaciones, mejor tecnología, mayor responsabilidad ecológica, etcétera tendrá tu vehículo.

 

Las mujeres, solo un cuarto de la población que conduce en el mundo

El sesgo patriarcal desde nuestra más tierna infancia es omnipresente. igual que se nos viste de rosa, se nos incita a ser cautas, miedosas, precavidas y a estar más guapas calladitas. Esto es, a tener cuidado y a empezar a dar cuidados: muñecas bebés, juguetes relacionados con la estética, peina, viste, alimenta, pinta y colorea. En la acera de enfrente, están los de azul, con coches, camiones de bomberos, “yiayous” en tanques de guerra: juegos simbólicos de acción, movimiento, pelea…

En el rincón más rancio y caduco del refranero estatal, en ese cajón, ahí dentro tenemos entre otras perlas: el famosísimo “mujer al volante, peligro constante” o el “mujer tenías que ser”. En una sociedad donde desde pequeñas no se nos permite, ni entrena, ni fomenta ser las protagonistas de este hilo conductor que es la emancipación, a través de nuestra inclusión en el ámbito automovilístico, difícilmente la primera vez que pongamos el culo en el asiento de piloto del coche de la autoescuela vamos a sentirnos empoderadas. Afortunadamente, conozco ya a conductoras de autobuses públicos, me he montado en algún taxi conducido y propiedad de mujeres y entre mis mejores amigas tengo brillantes conductoras. Pero a todas, igual que nos han tocado el culo desconocidos o increpado caminando solas por la calle, nos han insultado conduciendo y nos han llamado la atención desde ese paternalismo innecesario y totalmente suprimible. Ya sea para “ayudarnos” a aparcar o para aconsejarnos sobre qué ruta tomar más apropiada para nosotras, indefensas dentro del peligroso y masculinizado tráfico, se opina e intercede, de un modo más o menos ofensivo y violento, sobre nuestra conducción.

No es un hecho aislado el que yo, como mujer, tenga miedo a conducir, pues hay detrás todo un enrevesado constructo cultural que lo sustenta y todo un sistema socioeconómico desigual que determina que tenga acceso o no a un medio de transporte privado. No obstante, valiéndome, de nuevo del refranero popular, queda decir que “el dato mata al relato”, por lo que cada vez que se pongan en entredicho las competencias para conducir de cualquier mujer, tengamos en cuenta no perder la perspectiva objetiva. Por ejemplo: en 2019 las mujeres solo supusimos el 10% del total de fallecimientos en accidente de tráfico. Un estudio de la cátedra Eduardo Barreiros y de la Universidad Politécnica de Madrid refleja, por otro lado, que los hombres quintuplican las infracciones por consumo de alcohol y drogas. Además, las mujeres, también por constructo sociocultural, somos más precavidas y respetuosas con las normas de tráfico.

La DGT lanzó en 2019 la campaña #EllasConducen (otro día hablamos de la otredad donde nos sitúa el título de la campaña), pero para recabar y aumentar argumentario puede servir.

El lenguaje es un poderoso constructor de estereotipos masculinos y femeninos que nos influye diariamente, en la conducción y en todo tipo de ámbitos: https://perifericas.es/blogs/blog/mujer-tenias-que-ser-lenguaje-inclusivo-feminista

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