HOY LEEMOS "MUJER TENÍAS QUE SER. LA CONSTRUCCIÓN DE LO FEMENINO A TRAVÉS DEL LENGUAJE"

Por Molly Erin, estudiante de Psicología en la Universitat de Barcelona, actualmente especializándose en cuestiones de género, con especial atención a la salud menstrual y la sexología 

El lenguaje es una potentísima herramienta de socialización. Es aquello que estructura nuestro pensamiento, que codifica nuestra forma de entender el mundo, que permite nuestro aprendizaje - desde el nacimiento hasta la muerte - sobre el contexto que habitamos. El lenguaje ha permitido el desarrollo de las civilizaciones humanas, el aumento de nuestra capacidad craneal, la estructuración de nuestras funciones ejecutivas. Rige nuestra conciencia interna, es nuestra forma de comunicación con nosotras mismas y con las personas que nos rodean. ¿Qué ocurre con todos estos procesos de autoconstrucción si el lenguaje se encuentra plagado de sesgos, estereotipos y discriminaciones? ¿Cómo se construye lo femenino mediante un lenguaje creado por y para masculinidades?

María Martín Barranco- feminista, licenciada en Derecho, especialista en intervención social con enfoque de género y escritora - invita a sus lectoras a un paseo histórico por las múltiples ediciones del Diccionario de la Lengua Española de la RAE, con el fin de analizar el carácter - sexista, homófobo, tránsfobo, misógino, racista - del lenguaje cotidiano y las consecuencias que su uso tiene sobre la salud física y mental de las personas - y sobretodo de las mujeres - que lo empleamos. Lo hace en una obra, Mujer tenías que ser, que acaba de publicarse en Los Libros de la Catarata con el significativo subtítulo de “La construcción de lo femenino a través del lenguaje”.

Y no es casualidad - plantea la autora, con un tono humorístico e irónico que ella misma define como “reír para no llorar” - que una de las palabras españolas con más sinónimos sea “puta”. Tampoco lo es el uso del famoso masculino genérico, en el cual tendríamos - dicen - que sentirnos incluidas las mujeres - pero solo en aquellas definiciones en que no existe una acepción que especifique “…especialmente para mujer/mujer que…/dicho de una mujer…”. Como sin duda no es casual que existan entradas separadas para ciertas palabras o expresiones en su versión masculina y femenina, con definiciones radicalmente distintas. Por ejemplo:

mujer pública

  1. Prostituta.

hombre público

  1. Hombre que tiene presencia e influjo en la vida social.

 

La importancia de los dichos y refranes 

El lenguaje es espejo y molde de la realidad - refleja el ideario colectivo, y a la vez lo construye. Cada una de nosotras - por muy feministas y deconstruidas que seamos - ha sido socializada a través de él, ha escuchado un sinfín de refranes y dichos populares que dejan muy claro el lugar que corresponde a la mujer en el espacio público y la violencia que le espera si se sale de la parcela asignada. Se nos ha implantado un patriarca interior que nos habla con la voz del sistema y nos reprocha constantemente no estar a la altura de la imagen de “la mujer perfecta”. La culpabilidad - amiga íntima de las mujeres desde nuestra educación en los relatos de Eva y su manzana - y el miedo “al que dirán” sostienen el sistema que nos oprime, desde dentro.

Otro factor importante en este análisis lingüístico es el retrato a través de las palabras - y expresiones, dichos, refranes y otras formas de “sabiduría popular” - de los procesos fisiológicos de los cuerpos con vulva: la menstruación, el flujo vaginal y cervical, el embarazo y el parto en aquellas personas que lo experimentan, etc.; y sus prácticas y placer sexual. El relato construido - siempre a través de la mirada de un varón, pues de los 486 académicos que han formado parte de la Real Academia Española en toda su historia, solo 11 han sido mujeres - alrededor de estas vivencias va a condicionar nuestras experiencias de ellas, pues solo podemos expresar, articular (y por tanto, comprender) aquello para lo cual tenemos palabras. Aquello que no se nombra - o que se nombra mal - no es capaz de entrar dentro de nuestros esquemas mentales. Si estar menstruando ha sido, de toda la vida, un tabú, y nos hemos inventado mil y una maneras de referirnos a la menstruación sin nombrarla - estar mala, estar en mis días, tener los pintores en casa, haber marea alta, venir la prima comunista, tener la visita de Andrés (el que viene cada mes), estar de Carnaval - ¿cómo vamos a poder vivirla como algo positivo? Nuestro inconsciente ya ha relacionado “menstruar” con “malo”, “sucio”, “vergonzoso”, y nos va a llevar mucho trabajo deshacer estas asociaciones.

En conclusión, esta obra plantea - de forma directa y con humor - la importancia de la narración de nuestras historias, y la utilización del bagaje histórico del lenguaje como eje de opresión. Nos recuerda cuán imprescindible es tomar la palabra - y cuánto puede llegar a costar esta acción que va en contra de todo aquello que se nos ha inculcado - para dar a conocer nuestras experiencias y demostrarnos a todas las mujeres que nuestras vivencias son compartidas, no estamos locas ni somos histéricas y, sobre todo, no estamos solas.

 

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