HOMBRÍA VERSUS... ¿?

Por Beatriz Ubago Molina, Profesora Técnica de Formación Profesional y Máster en Igualdad de Género. Coordinadora del grupo de trabajo “EntreIguales” y creadora del proyecto de intervención conductiva “8M-8Mujeres"

Actualmente existe cierta polémica por el uso del lenguaje inclusivo. Es de sobra sabido que el lenguaje genera pensamiento, y que el pensamiento utiliza el lenguaje, adaptándolo a las circunstancias por las que una persona pasa…

El feminismo alude a que lo que no se nombra no existe, reivindicando que, en nuestra lengua, el uso del masculino genérico como la fórmula que incluye a hombres y mujeres realmente no engloba a todas las personas que componen nuestra sociedad. Duplicar, como dice la RAE, va en contra de la economía del lenguaje; pero no se trata de duplicar sino de nombrar lo que existe, lo que es, lo que vive y queda relegado al “olvido”; además, es una verdadera pena querer reducir a la economía del lenguaje esta cuestión, ya que siendo tan rica nuestra lengua se pueden utilizarse palabras neutras para nombrar a ambos sexos, y a los diferentes géneros: ejemplos más que claros son sustituir los ciudadanos por la ciudadanía, académicos por personas académicas, etc…, nombrando así tanto al hombre como a la mujer y sin tener que recurrir al desdoblamiento o a la mítica barra del 7 en los teclados.

Pero no trato aquí específicamente de profundizar en este tema, sino que recientemente reflexionaba sobre algunas palabras de nuestro idioma como hombría y mujeriego, que significan según la RAE lo siguiente:

Hombría:

1. Cualidad de hombre.

2. Cualidad buena y destacada de hombre, especialmente la entereza o el valor.

Mujeriego:

1. Perteneciente o relativo a la mujer.

2. Dicho de un hombre: aficionado a las mujeres.

3. Grupo o conjunto de mujeres.

 

Reflexionaba sobre ellas porque ante su significado más utilizado (las segundas acepciones en ambos casos) por la sociedad, no existe sinónimo para la mujer. Las palabras “mujería” y “hombreriega” no existen. Y no existen porque las mujeres no desempeñan ninguna conducta similar que pueda definirse con estos términos. Lo que no existe no tiene nombre… Por tanto, lo que no se nombra, no existe (vuelvo al inicio…).

Las palabras definen por tanto acciones, comportamientos, conductas, y es la lengua las que las crea ante su existencia, evidencia las actitudes y acciones llevadas a cabo que necesitan tener un nombre para que el resto de personas hablantes de un mismo idioma identifiquen a lo que hacen referencia, que conozcan lo que son (lo que está, lo que existe). El lenguaje, pues, genera pensamiento y lo materializa, lo hace realidad. En este sentido, existe una realidad, definida, que va más allá de lo que refiere. Que un hombre tenga que demostrar su hombría es una norma patriarcal que los obliga, y aquel que no muestre hombría, no es hombre (el patriarcado es injusto también con los varones…); pero una mujer no tiene que demostrar “mujería” y sí feminidad (que no es sinónimo de hombría, pues según la RAE, feminidad es cualidad de femenino mientras que masculinidad es cualidad de masculino…); y lo que es aún más llamativo es tener una palabra para definir a un hombre aficionado a las mujeres: mujeriego. No existe sinónimo en femenino, pero sí un sinónimo social: puta, con todas las connotaciones que conlleva… Por cierto, puta, según la RAE, es un adjetivo malsonante utilizado como calificación denigradora, para ponderar o para enfatizar la ausencia o la escasez de algo… Pero no recoge la definición social que le otorgamos. Curioso, ni eso merece este término femenino, hasta en el “horror”, la mujer queda en el olvido… Y si ya nos fijamos en la frase de ejemplo que propone la RAE en la tercera acepción de mujeriego (“en este lugar hay muy buen mujeriego”)…, ¿qué quiere decir realmente que hay muy buen mujeriego? ¿Qué simboliza nuestro pensamiento al leer o escuchar “buen mujeriego”?

 

Lenguaje y patriarcado

Nuestro idioma crea palabras para definir realidades, y hay una realidad clara teniendo en cuenta estos dos términos, que no tienen su correspondencia en femenino: supremacía masculina, patriarcado, y en última instancia, machismo. He preguntado a personas cercanas por el sinónimo de hombría, y en muchas ocasiones han dicho feminidad, pero como ya he comentado, feminidad sería sinónimo de masculinidad, no de hombría. Al hacerles ver esto, han respondido “pues es verdad”, no existe una palabra similar para la mujer… Y al hacerles la misma pregunta sobre sinónimo de mujeriego, la gran mayoría respondió puta…

¿Por qué será? Pues porque pese a las definiciones evidentes existe un significado mucho más amplio que tiene unas connotaciones sociales enraizadas en el patriarcado. Esto me lleva también a meditar sobre por qué utilizamos el término “nuevas masculinidades” y sin embargo no tenemos el término “nuevas feminidades”. Hasta en este caso quedamos relegadas… Nuevas masculinidades surge para nombrar la existencia de masculinidades disidentes, que rompen con la masculinidad hegemónica; sin embargo, no nombramos nuevas feminidades, pues habiendo feminidades diferentes no son catalogadas como nuevas, pues es mucho más importante nombrar la existencia de aquello que atañe a lo masculino que a lo femenino; y no las nombramos como nuevas, porque han existido siempre, aunque nos hayan relegado, nos hayan callado, o nos hayan olvidado…

 

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