¿LA SOCIEDAD SERÁ FEMINISTA SI LO ES SU LENGUAJE?

Por Rebeca Santamarta, comunicadora y protocolista, actualmente en formación en marketing digital. Madre y defensora de una crianza respetuosa, en comunidad y feminista 

El lenguaje importa, el uso que de él hacemos es la expresión del mundo en el que vivimos, y por eso el lenguaje también es político.

Si, como feministas, queremos que el mundo cambie, esto debe hacerse también desde la expresión oral y escrita.

Acabamos 2022 con dos noticias tangencialmente opuestas en este sentido:

El 20 de diciembre se añade a la nueva actualización de nuestro diccionario el término "mamitis", con la acepción coloquial de “excesivo apego a la madre”. La RAE decide así recoger un término que continúa la tendencia de hacer recaer en las mujeres aquellas actitudes o comportamientos incorrectos de su descendencia. El apego se define como la “afición o inclinación hacia alguien o algo” y parece que cuando ese alguien es la madre, entonces tiene una connotación negativa, como podemos ver en este caso.

Dicen desde la Academia que solo incorporan mamitis y no papitis porque esta última no está documentada, explicación que no convence en absoluto y que ha generado bastante controversia. Quizás, sin que se hayan dado cuenta, introducir uno solo de los términos y con esa acepción “excesiva”, sea un ejemplo preciso de micromachismo, otra de las nuevas palabras admitidas en esta última revisión.

El Diccionario de la Lengua Española, es un ente vivo y mudable que se actualiza continuamente gracias a la evolución de la propia sociedad, pero curiosamente no ve la necesidad de reflejar nuevas realidades como bien han criticado numerosas voces, también desde el ámbito del feminismo. El lenguaje acoge su poder como fuerza política para mandar mensajes que no son acordes a la realidad del día a día. Una institución como la Real Academia que, como otros poderes, debería ser libre e independiente, estando dirigida por una mayoría amplia de hombres, enfoca el lenguaje según su propia percepción del mundo y le cuesta aceptar el cambio.

 

El momento de las comadres

El 27 de diciembre, sin embargo, “comadre” se convertía en la Palabra del Año para la Real Academia da Lingua Galega. Comadre es la madrina de bautizo con respecto a la madre y viceversa, pero también es “la vecina y amiga con quien tiene otra mujer más trato y confianza que con las demás”. Con esta segunda acepción fue propuesta esta palabra, que se convierte en la primera con tintes feministas en conseguir este galardón. La comadre es más que familia, es el concepto amplio de la sororidad, del apoyo entre iguales que surge cuando las mujeres nos unimos.

Durante toda nuestra vida, nos han alejado de las otras mujeres, y ya desde niñas nos han educado en la envidia, en la competitividad con nuestras hermanas, se han criticado los grupos de mujeres, de madres, de profesionales, de compañeras y de amigas, y poco, muy poco, se habla de lo importantes que son estos grupos en oficinas, colegios, parques y casas para relacionarnos en un entorno seguro en el que sentirnos queridas, apoyadas, comprendidas y empoderadas, grupos más allá del marketing de medios y políticas que nos quieren independientes pero solas, fuertes pero enamoradizas, inteligentes pero calladas.

Las comadres, las amigas, las redes de mujeres son fundamentales, lo fueron en el pasado y lo son ahora que el feminismo sigue teniendo tantas luchas a las que enfrentarse, y por eso es destacable que la RAG haya apostado por este término para terminar el pasado año.

La sociedad cambia y si el lenguaje es político, debemos ir más allá del lenguaje inclusivo, porque “esto no va de vocales”, como dice maría Martín Barranco, autora de Ni por favor, ni por favora, sino de incluir a toda la sociedad cuando nos dirigimos a ella. El masculino genérico es norma del castellano actual y se nos hace ver como una norma clara y evidente, pero cuántas veces no habremos tenido que aclarar si en los textos y discursos se incluyen mujeres porque la mente y la inercia nos llevan a pensar solo en el hombre como centro, origen, causa y consecuencia de lo que ocurre en el mundo, relegando a la mujer a sus roles específicos en los que sí que no hay pudor por nombrarlas, como siempre vemos claramente y parece que a nadie le chirría en “médicos y enfermeras”.

Hagamos del lenguaje nuestra bandera para una sociedad que cambie a favor de la igualdad y la inclusión, para que las nuevas generaciones no sigan relegando a la mitad del mundo.

 

La filóloga Teresa Meana, a quien entrevistamos en 2020, considera que si el lenguaje nombrase a las mujeres con todas sus diferencias sería una herramienta clave para cambiar la realidad: https://perifericas.es/blogs/blog/si-el-lenguaje-nombrase-a-las-mujeres-con-todas-sus-diferencias-ese-dia-cambiaria-la-realidad

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