EL CUERPO DE LAS MULATAS BRASILEÑAS COMO PRODUCTO MEDIATIZADO PARA EL TURISMO

Por Gloria Flores Rubiales, graduada en Traducción e interpretación de inglés y árabe y Humanidades, Máster en Género e igualdad y doctoranda en ciencias modernas y filología

 

El cuerpo de las mujeres en bikini en las playas de Brasil ha sido la imagen más presente en las tarjetas postales durante las últimas décadas. El sometimiento del cuerpo femenino es un problema que se encuentra sujeto a las modelizaciones del patriarcado desde los orígenes más remotos del país latinoamericano hasta nuestros días. La consideración de las mujeres como inferiores siempre ha estado presente en la mayoría de las culturas y sociedades, pero cuando entran en juego otros factores, como la etnia, son consideradas doblemente inferiores. Además, la globalización juega un papel fundamental dentro de este contexto, para hacernos creer que el problema de género se ha erradicado por completo, pero las mujeres sigan siendo objeto de uso y disfrute para un público masculino. Cada vez resulta más fácil vender la imagen de una mujer brasileña semidesnuda en las playas o en el carnaval, como sujeto cultural de atractivo turístico y, ante esta situación, el Estado vuelve su mirada hacia el lado de los intereses económicos y sociales. Serán las voces feministas las que luchen por erradicar el problema y defender los derechos de las mujeres.

La historia de Brasil ha estado desde sus inicios relacionada con el sexo en su sentido más inmoral, como sostienen Claudia Eleutério y Vanessa Cavalcanti. La llegada de los colonos al Nuevo Mundo tras su descubrimiento hizo que las mujeres indígenas fueran entregadas a los hombres blancos como esclavas, para formar parte de su propiedad. La naturalidad indígena, es decir, la desnudez, fue vista por los hombres blancos como símbolo de la pureza divina, pero, dentro de una dominante mentalidad católica, estaba relacionada con el pecado, y se consideraba una forma inmoral y prohibida de mostrar su cuerpo y su sexualidad. Las mulatas se convirtieron en el tipo principal de mujer solicitada con propósitos sexuales para aquellos hombres que desearan buscar el disfrute del amor físico. A partir de entonces, quedarán atadas a una serie de convenciones inmorales que serán los cimientos para la construcción de una visión estereotipada en relación con las mujeres negras como pura sensación corporal.

 

El Carnaval como continuación de los estereotipos sobre el cuerpo de la mulata brasileña

Con la introducción del carnaval hacia el siglo XIX, las cualidades que a lo largo de las distintas épocas se les ha ido atribuyendo a las mujeres mulatas, como representación de la alegría y la sensualidad, tienen su máximo exponente. El valor cultural de esta festividad se va degradando a favor de unos intereses económicos que tienen como producto el cuerpo con poca ropa durante los bailes y desfiles del carnaval, así como en las playas brasileñas. Por tanto, en una época o en otra, las mujeres siguen siendo objeto de disfrute y satisfacción para servir a un público masculino.

Esta celebración se ha convertido además en objeto de comercialización a favor de unas necesidades androcentristas de la sociedad. En muchas regiones brasileñas surgen empresas que comienzan a comercializar con imágenes del cuerpo femenino a través de folletos, carteles y publicidad en general con lemas e imágenes que incitan a los turistas extranjeros a disfrutar del país latinoamericano con las nativas. Las imágenes que más se repiten son aquellas en las que aparecen mulatas con bikinis diminutos tomando el sol en las playas brasileñas o mujeres semidesnudas durante el carnaval. Sus cuerpos comienzan a venderse como un elemento fundamental para disfrutar del paraíso sexual en que se convierte el país. El turismo comienza a ascender de manera desmesurada y la gran mayoría de turistas que llegan a Brasil lo hacen para relacionarse con mujeres nativas.

Las relaciones de poder y la fuerza de la colectividad masculina y patriarcal son responsables de una situación que se desarrolla dentro de un espacio considerado «democrático». Como afirman Euler David de Siquiera y Denise da Costa Oliveira Siqueira, «el poder político tiene la capacidad de autorizar, sancionar y legitimar la presencia de los cuerpos, sean de mujeres o de hombres desnudos o vestidos». Sin embargo, el sujeto que siempre se ha visto afectado a lo largo de la historia en la sociedad ha sido el femenino.

El Estado, que sacaba beneficio de todas las campañas realizadas por cientos de empresas y crecía económicamente, comienza a repensar la situación cuando es consciente de que la imagen de su país se está viendo afectada por el turismo sexual. En el caso de Río de Janeiro, en el año 2005, la Asamblea Legislativa aprobó por unanimidad el proyecto de ley 2813/2005 que «prohíbe la circulación, exposición y venta de postales turísticas que utilicen fotos de mujeres con trajes de baño pequeños, que no guarden relación o no respondan a la imagen original». Sin embargo, si bien las postales eran consideradas un problema para el turismo sexual, el cuerpo semidesnudo en los carnavales no. En la Plaza de la Apoteosis de Río de Janeiro, donde se integra la Pasarela de la Samba, hay un monumento enorme que representa unas nalgas femeninas estilizadas; no se considera un problema ya que se encuentra en un espacio profesionalizado y mediatizado.

En el año 1984, el gobierno brasileño ratificó la Convención sobre la Eliminación de todas las formas de Discriminación contra la Mujer, a partir de la cual se considera «la violencia contra las mujeres como parte del conjunto de formas de discriminación que pesan sobre ella y se pronuncia explícitamente a favor de modificar los comportamientos tradicionales de hombres y mujeres». Las ventajas que presenta el cuerpo de las mujeres como producto de mercado no se consideran violación contra su persona. De este modo, el objetivo principal de este tratado pierde sentido con un gobierno que se cubre los ojos ante ciertas realidades devastadoras a favor de sus intereses. La represión que sufren las mujeres mulatas en Brasil por las élites sociales y políticas se hace cada vez más evidente y discutible, puesto que pretenden demostrar que se trata de un comportamiento legítimo y autorizado.

En todo este contexto, muchas alzan sus voces en defensa de la discriminación y dominación que miles de mulatas sufren en Brasil como producto estrella para el turismo. De estas quejas surgieron luchas sindicales para mejorar las condiciones de trabajo y defender mejores sueldos que fueron el motor para impulsar la creación de diversos partidos feministas a principios del siglo XX, como el Partido Republicano Feminista o la Asociación Feminista; aunque en un principio tenían como objetivo luchar por el sufragio femenino, más tarde introducirían nuevos objetos de estudio. Entre ellos, luchar para que las mujeres se incorporaran progresivamente al ámbito laboral y educativo, y así erradicar la imagen de las mulatas como puro objeto corporal que no les permite desempeñarse intelectualmente.

El surgimiento progresivo de nuevos grupos de mujeres en ciudades como São Paulo, Río de Janeiro y Belo Horizonte permite la proliferación del movimiento feminista en Brasil. Además de los temas tradicionales que se vinculaban con la mujer en los medios de comunicación como la moda, y las tareas de hogar y de cuidado, ahora surgen nuevos debates en torno a la sexualidad o la violencia; ambos temas son un punto clave en la defensa del cuerpo femenino. Del mismo modo, las feministas conseguirán luchar contra toda forma de opresión por parte del Estado y de las grandes élites sociales para defender una redemocratización y, aunque en ciertos momentos el movimiento flaquea por circunstancias en las que el Gobierno se encuentra al mando, las mejoras que han obtenido son evidentes.

Cuando las relaciones económicas y de poder se unen a su favor en un ambiente puramente patriarcal, el resultado no puede ser positivo en ningún caso. El mercado que se ha creado con el cuerpo de las mujeres como producto estrella para el turismo ha ido haciendo que Brasil se convierta en un país con unos altos índices de desigualdad social y económica que favorecen el desarrollo de la prostitución –así como la prostitución infantil– y la cultura de la violación. Dice Nuria Varela en su obra Feminismo para principiantes (2008) que «la mercantilización de las cosas y de las personas se ceba en las mujeres, y sus cuerpos se afianzan más y más como objetos reales y simbólicos de dominación». El problema que comenzó hace siglos en el Nuevo Mundo sigue hasta día de hoy con las mujeres en el punto de mira de unos ojos masculinos. La diferencia biológica entre mujeres y hombres ha sido la excusa perfecta a lo largo de toda la historia para justificar la dominación y discriminación femenina. Los cuerpos de las mujeres indígenas marcados por la tortura aparecen ahora semidesnudos en las postales de las playas cariocas.

 

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