CRIMINALIDAD Y GÉNERO

Por María Amparo Goas, estudiante de Trabajo Social y Criminología en la Universidad Pontificia de Comillas y con un curso de Género y Sexualidad con la British Columbia University

Por norma general, cuando se estudia el fenómeno criminal los estudios se hacen acerca de la población detenida o reclusa, conformada casi en su totalidad por varones. Es por ello que las mujeres parecemos pasar desapercibidas en este tipo de análisis.

Ello fomenta que los programas de prevención y de reinserción que se elaboran desde las diferentes administraciones tengan un sesgo por género, de forma que las mujeres que opten por un tratamiento resocializador o preventivo deban adaptarse a las características diseñadas para hombres, tanto en prisiones (prevención terciaria) como a nivel general (prevención primaria).

Lo cierto es que el mero hecho de ser mujer es un factor protector frente a la aparición de conductas antisociales, pero, por el contrario, ser hombre es un factor de riesgo. ¿Cómo puede influir el género en la adquisición de conductas delictivas?

Si el sistema social, desde que nacemos, nos asigna los roles que debemos desempeñar en base al género al que pertenecemos, no es difícil pensar que los roles de género puedan influir en la diferencia abismal de criminalidad por género.

De esta forma, a las mujeres desde jóvenes se nos exige un mayor nivel de madurez y asunción de responsabilidades, lo que fomenta un desarrollo de estilos de vida prosociales, es decir, dentro de las normas. Por tanto, las mujeres aprenden que de ellas se espera una conducta impoluta, ya que, a su vez, se ven sometidas a mucha mayor presión por encajar en los estereotipos asociados a ese ser mujer, fomentando que desarrollen conductas altruistas, tendencia a los cuidados y un rol tendente a la mediación.

Por otro lado, los hombres son educados desde una masculinidad agresiva y violenta, se les enseña que tienen legitimidad para ejercer la fuerza o se minimizan actitudes lesivas hacia objetos y personas porque “son cosas de niños”.

 

Educación, la prevención por excelencia

La educación se puede dar desde diversos niveles, como son la familia y la escuela, pero cualquier elemento que ejerza como socializador en la adquisición de conductas es parte de la educación que recibimos. De esa forma, la educación desde una perspectiva prosocial actúa como factor protector frente a la aparición de conductas criminógenas porque moldea la conducta hacia el respeto a la norma.

Por tanto, si la educación que recibimos en la escuela y en el núcleo familiar se encuentra impregnada de estereotipos sexistas, esos sesgos de comportamiento se reproducen en las esferas sociales y se integran en el desarrollo de la personalidad y del carácter.

Al no existir una educación sobre gestión emocional a nivel general en la sociedad, es escasa la población afortunada que cuenta con herramientas suficientes de gestión y autogestión emocional, por lo que todos estos estereotipos que impregnan la mente de los y las más jóvenes van creciendo y teniendo mayor presencia a la hora de lidiar con situaciones que tengan una afectación emocional en la persona. Sin gestión emocional, las estrategias con las que cada menor cuenta dependen de la educación recibida y los comportamientos tolerados y legitimados socialmente para su género.

Por todo lo anterior, es razonable pensar que la educación que reciben las mujeres actúa como factor protector frente a la aparición de conductas antisociales. Es posible que, si la educación no se encontrase sesgada por género y se potenciase que cualquier menor pudiese desarrollar su madurez y la responsabilidad afectiva y emocional que se suele exigir al género femenino, se pudiese reducir la prevalencia de conductas delictivas en una gran parte de la población.

Puesto que las diferencias biológicas entre sexos son inamovibles, modificar el entramado socializador hacia una sociedad más consciente y responsable puede modificar las pautas de interacción y eliminar una gran parte de la delincuencia sistemática que parece estar legitimada mediante estereotipos patriarcales que desarrollan la creencia de que los hombres no tienen capacidad alguna de controlar sus impulsos, algo que, evidentemente, es falso.

En este otro artículo del blog reflexionamos sobre criminología patriarcal y delincuencia femenina: https://perifericas.es/blogs/blog/criminologia-patriarcal-y-delincuencia-femenina-carceles-mujeres

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