ANA ORANTES: LA REVOLUCIÓN DEL PONER VOZ

Por Mirian del Olmo, trabajadora social especialista en mediación y Máster en igualdad de género. Intérprete en lengua de signos y apasionada de la accesibilidad

Justamente este mes, diciembre de 2022, se cumple el veinticinco aniversario de la entrevista en Canal Sur de Irma Soriano a Ana Orantes. Ella no sospechaba todas las consecuencias que el atreverse a hablar en aquel programa iba a conllevarle.

En esta entrevista, Ana contó cómo a los tres meses de casada recibió la primera bofetada, que marcó el inicio de años y años de violencia. Golpes, tirones de pelo, abusos sexuales a dos de sus hijas, insultos, humillaciones… Dio a luz once veces, once embarazos de su maltratador, sin tregua, sin descanso y sin escapatoria. El que fue su marido durante décadas fue también torturador y verdugo. Ya como exmarido, fue el mismo que prendió fuego a su cuerpo unos días después de haber hablado en televisión. 

Ana Orantes fue una auténtica pionera a la hora de visibilizar todo el daño y agresiones que se sufrían en el silencio doméstico, logrando que se legislase en España al respecto, poniendo nombre y protección a las mujeres supervivientes de violencia machista. Gracias a la valentía de su testimonio hubo una sacudida de conciencias sin precedentes ni comparación. La violencia de género por fin tenía foco mediático y político sobre ella, pero a qué precio… Ana Orantes fue quemada viva, fue la mujer asesinada número 59 del año 1997. Desde entonces este horrible contador no ha dejado de sumar, una más, una más, una más. 

Se nos sigue asesinando de todas las maneras: la punta del iceberg de la violencia machista sigue siendo el feminicidio y lejos de derretirse esta bomba sigue haciéndose más grande. La violencia de género es la lacra social más grande que existe.

La violencia de género no entiende de edades, clases sociales, espacios o niveles socioeconómicos, nos afecta a todas, de manera transversal, multicontextual y transgeneracionalmente.

No nos libramos ninguna.

Ninguna.

Seguir negando que exista desde ciertas instancias solo confirma las enormes dimensiones del problema. Si no ves la violencia es porque estás aún ahogada en ella. De ahí la importancia de hacer puesta en común, de compartir relatos, de escucharnos, de romper con aislamientos, de tomar conciencia, sororidad y apoyo.

Pedir ayuda como paso fundamental

Cuando yo era pequeña, en el barrio donde me crie, sin hacer mucho esfuerzo me vienen a la cabeza tres madres de amiguitas a las que si existiera máquina del tiempo acompañaría a denunciar. Le llevaría una olla de sopa a esa vecina. Tendería más manos. Aplaudiría a las primeras divorciadas, pioneras del cambio, primeras en llevarlo todo para adelante, trabajo, casa, hijas y cicatrices de maltrato.

El estigma del maltrato sigue estando, y aunque ya no está bien visto, el silencio ampara al agresor y nos hace cómplices de ese tirón de pelo, de ese insulto o de esa violación.

Muchas mujeres se han sacrificado, literalmente, para que tomemos conciencia, para que nos pongamos en nuestro sitio, para que no soportemos o como mínimo, para que no soportemos en silencio. Hay herramientas y recursos de todo tipo, consulta, infórmate, pregunta. Sobre todo, repítete las veces que necesites y siempre que te haga falta que no estás sola, que no es tu culpa y que te mereces vivir en paz y sin miedo.

El silencio es cómplice y expresarnos es nuestro derecho, tomar lo público, airear experiencias, compartir escuchas, buscar amigas, arropar vecinas. Se lo debemos a Ana Orantes y a tantas otras. 

Menores y mascotas pueden ser asimismo blanco de los agresores, que a través de ellos atacan de una forma adicional y especialmente dura a las mujeres a quienes maltratan. Es lo que se conoce como violencia vicaria: https://perifericas.es/blogs/blog/como-afecta-la-violencia-vicaria-a-menores-y-mascotas

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