NINGÚN BOTIQUÍN SIN COMPRESAS

Por Mirian del Olmo, trabajadora social especialista en mediación y Máster en igualdad de género. Intérprete en lengua de signos y apasionada de la accesibilidad

Son las diez de la mañana de un día laborable cualquiera, estás en el instituto, en la universidad, en el metro, en el trabajo o en una sala de espera. Te viene la regla. Estás nerviosa, con dolor de riñones y “sin nada” en tu bolso/tote bag/mochila. Te atas la chaqueta a la cintura y buscas el cuarto de baño más cercano, donde aprovecharás para hacerte con la compresa de rigor, que amablemente una mujer más o menos desconocida te brinda, en forma de guiño cómplice. Pocos ejemplos de solidaridad entre desconocidas se me ocurren más estrechos y significativos que estos gestos, en los que nos socorremos y apoyamos.

¿Cuándo y dónde fue la última vez que tuviste que pedir o suministrar a alguna compañera algo relacionado con la regla? A todas nos ha pasado alguna vez tener que dar o pedir un salvaslip o una pastilla para las molestias. Por muy previsibles que sean nuestros sangrados, por muy conectadas con nuestro ciclo lunar que estemos, por muy precisas que sean nuestras Apps menstruales o nuestras agendas a veces nos pilla la regla “desprevenidas”. Un elemento más de cualquier equipaje de mano será nuestra copa menstrual, la compresa de emergencia… La caja de tampones viaja, también, en la maleta. Todo medio escondido sin que llame mucho la atención, aun siendo algo que a todas nos pasa, síntoma de salud durante la madurez de nuestro cuerpo. Es muy curioso que, pasándonos a todas, siga estando tan sometida a esta invisibilidad hegemónica la regla, las reglas de todas, generación tras generación. Desde aquel “a qué huelen las nubes”, la sangre menstrual tiene que ser invisible a nivel social, casi incolora e inodora. ¿Alguna sabe cómo se apañaba su abuela, su bisabuela o su tatarabuela los días en los que tenía la regla? Yo no.

 

Cuando menstruar significa tener que aislarse  

Aunque a nivel legislativo y económico parece que en España algo hemos avanzado con la tasa morada, seguimos sufriendo el tabú mediático y social respecto a nuestro ciclo menstrual. No solo en los países con tasas de pobreza per cápita más elevada hay problemas de suministros de productos básicos de higiene menstrual. Hay muchas mujeres solas, monomarentales y que comparten cargas familiares y/o convivenciales que tienen dificultades a la hora de menstruar tranquilas, a nivel económico y psicosocial. Hay que contemplar no solo que compresas, tampones y copas son productos que no cubre la Seguridad Social, sino que muchas cargas familiares, laborales y sociales no nos permiten el reposo, cuidado o autoescucha que el sangrar supone y conlleva.

Ampliando el foco fuera del Primer Mundo, la menstruación sigue siendo algo de dominio íntimo, casi clandestino y secreto. Para algunas, aún hoy por hoy, la regla significa no poder ir a clase o tener que abandonar directamente los estudios, algo tan grave como descorazonador. La regla puede condenarte a no poder salir de casa o a tener que aislarte.

Mientras, aquí, nos tenemos que ir apañando pidiendo desde la clandestinidad y el secretismo cuando el sangrado aparece de improviso o estamos sangrando más de la cuenta y nos pilla en la oficina. Si te cortas un dedo alguien rápidamente acudirá con el botiquín de la empresa y una tirita, pero si la sangre es de nuestros ovarios dependemos de la sororidad y del “kit de supervivencia menstrual” de alguna compañera. Hay muchas más posibilidades de que nos venga la regla en el trabajo de que nos cortemos o nos abramos una muñeca, pero hay tiritas, vendas y he oído casos en los que en el botiquín de determinada empresa había hasta antiácidos y protectores de estómago.

Si el sistema no nos considera, tendremos que hacernos considerar por nosotras mismas. ¿Qué pasaría si hubiese una compresa en todos los botiquines? ¿Qué pasaría si la próxima vez que tuviera que pedirle una compresa a una compañera la recibiese como si no fuera un secreto, sino que lo normalizásemos? ¿Qué pasaría si la próxima vez que empezase a sangrar en mi puesto de trabajo supiera que “tengo las bragas cubiertas”?

¿Por qué no forman parte del botiquín de todo centro de trabajo o estudios un paquete de compresas y unos salvaslips? ¿Por qué no hay dispensadores de compresas en los baños de los bares y sí de condones o de pastitas de dientes? Pues porque el ocupar espacio público con cosas únicamente destinadas al cuidado, bienestar y uso de las mujeres sigue sin estar entre los objetivos patriarcales. Nos corresponde a todas y a cada una de nosotras abrir camino, paso a paso. ¿Empezamos por proponer esta pequeña adhesión al botiquín de nuestro centro de estudio o de trabajo?

Conocer nuestro ciclo menstrual es algo que no suelen enseñarnos pero que resulta vital para nuestro empoderamiento como mujeres: https://perifericas.es/blogs/blog/conoce-tu-ciclo-menstrual-conocete

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