ELLAS, QUE TAMBIÉN CONTARON

Por Antía Fernández, doctoranda en Literatura Comparada, Máster en Estudios Literarios y Licenciada en Humanidades

“Cuando empezamos a ser conscientes de lo importante que es reconocerse en alguien surge un sentimiento nuevo: sentirse hermana de alguien que conoce el camino, convertirla en una pieza clave en nuestra historia, en un engranaje que nos permitirá crecer día a día. Una estela que poder continuar y crear, al fin, nuestra propia narrativa”, dejaba en tinta la joven escritora cordobesa María Sánchez en su ensayo Tierra de mujeres, manifiesto por un feminismo rural.

Hoy en día, cuando crecen las opciones editoriales en torno a la literatura escrita por mujeres, cuando cada vez son más los premios literarios que tienen ganadoras y no ganadores, cuando desde hace cuatro años se ha consagrado el lunes más cercano al 15 de octubre como el Día de las Escritoras, habrá quien consideré que ya no tiene sentido seguir resaltando el ellas a la hora de hablar de las almas inquietas dedicadas a las letras. Sin embargo, es importante seguir reivindicando sus figuras y sus obras, las de las poetas y la de las escritoras, también desde una perspectiva de género. Debemos de seguir hablando de ellas. Pero… ¿por qué?

En 1979 la crítica inglesa Elaine Showalter acuñó el término “ginocrítica” para aludir al estudio de la literatura escrita por mujeres. Gran parte de la crítica literaria feminista de la década de las 80 puso sobre la mesa una nueva carta: la existencia de una subtradición literaria femenina propia, de una escritura de mujeres cuya literatura se apoyaba en otras escritoras, bebían las unas de las otras, además de compartir temas y motivos. Sin embargo, la tradición literaria clásica intentaba negarlo, creando “huérfanas” en cada nueva generación literaria, creando la ficción de que cada nueva mujer que escribía escribía desde la nada, era una rara avis, una pequeña e insignificante ave fénix que resurgía de vez en cuando de sus cenizas para tener que reinventarlo todo de nuevo, sin pasado común, sin historias previas parecidas a las suyas (biográficas o ficcionales). Cuando no es ni era así.

La importancia de las referentes

El sacar a la luz, el demandar la escritura escrita por mujeres (igual que la escrita por cualquier otra minoría) no es solo una cuestión de “justicia poética” (que también), es asimismo una demanda de la necesidad de referentes, y de la necesidad de historias. Nos necesitamos las unas a las otras, tanto las lectoras como las escritoras, necesitamos apoyarnos en referentes anteriores para abandonar esta sensación de que estamos solas, de encontrarnos en un banquete al que no hemos sido invitadas, que diría Peri Rossi en su poema “Condición de mujer”: “Soy la advenediza / la que llegó al banquete / cuando los invitados comían los postres”. El eterno síndrome de la impostora.

El ser humano es, ante todo, una criatura compuesta de relatos. Conocido es aquello que dijo Lorca en una ocasión de “No solo de pan vive el hombre. Yo, si tuviera hambre y estuviera desvalido en la calle no pediría un pan, sino que pediría medio pan y un libro”. Porque necesitamos relatos e historias igual que necesitamos el aire que respiramos. Pero necesitamos relatos, así escrito, en plural. La realidad objetiva puede existir para la ciencia, o para la metafísica, pero los hombres y mujeres de a pie configuramos nuestra visión de la vida a través de los relatos. Lo que no se cuenta, no existe. Lo que no conocemos, no podemos comprenderlo. Por eso hemos de darle voces a ellas, y a ellos, a todos aquellos y aquellas a los que la historia mayoritaria (la Historia) ha privado de voz, a todos y todas aquellas a los que la Historia ha arrebatado lo más importante: su historia.

 

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