LA DIMENSIÓN ÉTICA DE LA INVESTIGACIÓN SOCIAL, EN CLAVE DE GÉNERO

Por Georgiana Livia Cruceanu, socióloga en proceso de especialización en metodología de la investigación en ciencias sociales y en investigación aplicada en estudios feministas, de género y ciudadanía.

Desde finales de los años setenta, científicas como Evelyn Fox Keller han incentivado la reflexión sobre los vínculos entre el feminismo y la ciencia, considerando que el primero aporta una mayor objetividad al proceso de investigación. La investigación feminista es el estudio de los fenómenos sociales desde la perspectiva de género y la clave para identificar las manifestaciones del sexismo en la ciencia. En este sentido, Margrit Eichler identifica los errores sexistas que han de evitarse: sobregeneralización, ausencia de la variable sexo, dobles estándares, insensibilidad de género... También las cuestiones que intervienen en el proceso de investigación social se han repensado y reformulado desde la perspectiva de género: el orden epistemológico, el orden metodológico y el orden técnico. Una de las autoras cuyas propuestas son más reconocidas es Donna Haraway, pero también podemos citar a la estadounidense Sandra Harding o la panameña Linda Alcoff.

Según Jordi Luengo, profesor en la Universitat Jaume I, la investigación feminista tiene “un código ético y de responsabilidad, que, en teoría, la objetividad de la ciencia no exige, ni requiere”. Investigar desde una perspectiva de género implica adquirir conciencia de género, lo que permite “desvelar el carácter masculino y patriarcal de la ciencia dominante”. Pero mientras los estudios de género siguen siendo una asignatura pendiente, la dimensión ética también falta por desarrollar en las ciencias sociales.


La ética en la investigación social

La preocupación por la ética en la investigación tiene su origen en los juicios de Núremberg (diciembre de 1946), cuando se hacen visibles las prácticas “de eugenesia, higiene racial y exterminio de sujetos discapacitados, así como investigaciones médicas de índole extremadamente peligrosa en seres humanos”, según el profesor en bioética de la Universidad Central del Ecuador, Fernando Arroyo. Como parte de la respuesta institucional, surge el primer código internacional en materia de ética en investigación con personas humanas: el Código de Núremberg, en agosto de 1947. Desde entonces, la normativa a nivel internacional recoge esta preocupación y se incluye en, por ejemplo, la Declaración de Ginebra (1948), en el Código Internacional de Ética Médica (1949), así como en las Pautas Éticas Internacionales para la Investigación Biomédica en Seres Humanos (2002) o en la Declaración Universal sobre Bioética y Derechos Humanos de la UNESCO (2005). Como se puede observar, los códigos éticos han sido más frecuentes en las ciencias biomédicas, mientras que en las ciencias sociales apenas se ha prestado atención hasta que las nuevas tecnologías de la información suscitaron muchos interrogantes a este respecto.

Carme Artigas, Secretaria de Estado de Digitalización e Inteligencia Artificial, señala ocho desafíos éticos del Big Data: la privacidad, la dictadura de los algoritmos, los prejuicios del machine learning, los riesgos del deep learning, las nuevas relaciones con las máquinas, el impacto social de la tecnología, las nuevas habilidades humanas y el control sobre las nuevas tecnologías. Desafíos sobre los que también ha escrito la Doctora en Ciencias Políticas y Sociales por la Universidad Nacional Autónoma de México, María E. Meneses Rocha, siendo una de sus publicaciones más consultadas el artículo "Grandes datos, grandes desafíos para las ciencias sociales".

En el Small Data también encontramos dilemas éticos que van desde el anonimato, pasando por el consentimiento informado hasta los posibles efectos de revictimización que la propia investigación puede generar. La ética en la investigación social consiste precisamente en priorizar el bienestar de las personas involucradas y afectadas, ya sea la población objeto de estudio o el propio equipo de investigación. Además, la ética es transversal, al igual que la perspectiva de género, en todas las etapas del proceso de investigación. La reflexividad ética ha de recogerse en los informes de investigación y reflejarse también en la devolución de los resultados, la transferencia del conocimiento, que ha de realizarse de manera respetuosa y participativa.

La mala praxis del pasado pone de manifiesto la responsabilidad profesional, la necesidad de reconocer la posición privilegiada desde la que observamos y teorizamos, así como la interseccionalidad y la obligatoriedad de situar el rigor científico al mismo nivel que los Derechos Humanos y los cuidados. Porque, como bien señala Eugenia Tenenbaum, divulgadora sobre feminismos e Historia del arte con perspectiva de género, “no se trata de exigirle al pasado la ética del presente, se trata de no repetir en el presente la falta de ética del pasado”.

 

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