HOY LEEMOS "LAS SULTANAS OLVIDADAS. LA HISTORIA SILENCIADA DE LAS REINAS DEL ISLAM"

Por Karima Ziali, licenciada en Filosofía y Máster en Investigación antropológica y sus aplicaciones. Actualmente está centrada en escribir su primera novela y colabora con diferentes publicaciones online con artículos centrados en las sociedades musulmanas europeas y la sexualidad dentro de estos contextos

¿Cómo se dice reina en árabe? Se pregunta Fatima Mernissi en Las sultanas olvidadas, donde sintetiza quince siglos de Historia del Islam desde la visión de las mujeres que han tenido en sus manos el poder político.

En las primeras páginas, la autora no esconde sus dificultades a la hora de indagar en la existencia de una mujer con el título de califa (título que designa a una persona descendiente del profeta Muhammad con poder civil y religioso), o con el título de imán. A partir de esta complejidad heredada, dice ella, de su educación tradicional, Mernissi empieza a desentrañar con su pluma los distintos títulos con los que se designa al ejercicio del poder político y religioso.  En qué medida hallamos mujeres que los hayan ostentado a lo largo de los tiempos del Islam fue para ella una tarea de ardua documentación y de investigación en obras de referencia donde la huella femenina había cuasi desaparecido.

Efectivamente, constata Mernissi, no podemos hablar de mujeres que hayan sido califas. Pero sí de otras que han ostentado el título de sultanas y de malikas (reinas), títulos ambos que hacen referencia al empleo de la fuerza como principio coercitivo para dominar, controlar y ordenar una sociedad. Vale la pena tener presente que el título de califa no solamente ha sido negado a las mujeres; en tanto que es una forma de representar al profeta de los musulmanes, su elección está sometida a criterios estrictos. El carácter cuasi mesiánico del califa ha despertado siempre las fantasías populares de que incluso el vendedor de pan era descendiente directo del Profeta.

Mernissi tiene un objetivo claro en este libro: el sueño del califato no exime de que hayan existido mujeres con poder político, que lo hayan ejercido y que, además, hayan sido reconocidas como sultanas y/o como reinas. La sultana Radiyya, una de las más conocidas, llegó al poder en el 634 de la Hégira (1235 d.C.) en Delhi. Un ejemplo que Mernissi pone en paralelo al de Benazir Bhuto, elegida primera ministra de Pakistán democráticamente en dos ocasiones. Radiyya llegó al poder reclamando mayor justicia, al igual que lo hiciera Bhuto en su momento. Es tal la incomprensión de la historia, que el ex primer ministro, Nawaz Sharif, ante su inminente derrota en las urnas y lo que le parecía más injusto, ante una mujer, trató de desacreditar a Bhuto aludiendo a ciertos principios fundamentalistas islámicos.

Para Sharif, el argumento no estaba en que las mujeres no fueran capaces de proveer un buen gobierno: más que aludir a su incapacidad (lo cual sería una falacia demasiado burda), aportó algo que estaba en las profundidades de la historia misma del Islam. La última vez que una ciudad fue gobernada por un poder femenino, según Sharif, la idolatría y el caos dirigieron al pueblo. La resistencia a que una mujer ostente el poder político es el reflejo de la Jahiliyyah, la época de la ignorancia donde las diosas talladas en piedra de la Meca eran las guías y las caras visibles del destino humano. Aún así, en 1988 Bhuto asumió su cargo como primera ministra; meses después se la acusaría de corrupción y tendría que renunciar a su posición. En 1993 volvió a ser reelegida y la misma acusación la obligó a dimitir. Cansada quizás del juego sucio, se autoexilia en Dubai, para volver en 2007 a Pakistán, donde es asesinada.

 

La historia de Aisha al Hurra en Granada

Pero el caso de Bhuto no es extensible a todas las mujeres del Islam. Algunas gobernaron con una mano de hierro y no dudaron en recurrir a las más viles estrategias para o bien mantenerse en el poder o bien para que sus primogénitos accedieran a un trono que les había sido confiscado. Pienso en la historia de Aisha al Hurra, más conocida en la Historia de España como Sultana Madre de Boabdil, el último Sultán de la dinastía nazarí en reinar sobre Granada.

Cuenta Mernissi que el marido de Aisha, Ali Abu al Hasan, loco de amor por Soraya, una prisionera de guerra cristiana capturada en combate con quien tuvo dos hijos, empezó a otorgarle tanto poder que la élite musulmana granadina temía que fuera un complot para destruir la dinastía desde dentro. La Alhambra se convirtió en un palacio dividido y pronto se empezó a urdir un plan liderado por Aisha al Hurra y apoyado por la clase acomodada del reino para destituir a Ali Abu al Hasan y cortar de raíz con la posibilidad de que uno de los hijos de Soraya se convirtiera en Sultán. Sus estrategias fueron claves para que Abu Abdallah, Boabdil, hijo de al Hurra, ascendiera en un crepuscular trono nazarí. La caída de Granada lanzó a al Hurra a la piratería y pronto se convertiría en Hakima Tatwan, es decir, gobernadora de Tetuán (Marruecos).

La historia de al Hurra es solo una muestra de cómo las mujeres accedieron al poder en momentos difíciles y quizás por ello, fueron las únicas que tenían alguna respuesta, algún movimiento que renovara o reorientara los cimientos de un poder político decadente y desgastado por la corrupción.

Hace tan solo unas semanas podíamos leer en los periódicos una noticia histórica: por primera vez, tres de las ciudades más importantes de Marruecos eran gobernadas por mujeres. Solo queda aguardar que esa toma de poder en Rabat, Casablanca y Marrakech vaya acompañada entre otras, de decisiones fundamentadas sobre el principio de igualdad. El tiempo, como dice Mernissi, se encargará de recoger sus huellas.

 

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