HOY LEEMOS “DE PRONTO, MI CUERPO. UNA MEMORIA”

Por Katherine M. Tirano, antropóloga social, editora y teatrera migrante de origen colombiano. Activista de DDHH focalizada en el trabajo con mujeres migrantes, exilias y refugiadas en procesos de construcción de memoria histórica.

Estos días de movilizaciones y agendas feministas, días de reivindicación de nuestro derecho a ser libres, a ser lo que sea que queramos ser, de nuestro derecho a decidir sobre nuestros cuerpos, salen en los medios comunicación cientos de artículos sobre la violencia contra las mujeres. Pues bien, por estos días, vuelvo a Eve Ensler, a su cuerpo, a su enfermedad, a su útero.

Eve Ensler, dramaturga, escritora, poeta y activista feminista estadounidense, es la autora de la famosa obra Los monólogos de la vagina, basada  en doscientas entrevistas realizadas a mujeres violadas, maltratas y valientes, construyendo así una obra coral en la que se habla abiertamente y desde el humor de la sexualidad femenina, los tabúes y la violencia ejercida hacia ellas. Publicada en 1996, ha tenido gran impacto en todo el mundo y es quizá la obra por la que mejor se le conoce. Pero no es de este título del que hoy quiero hablar.

De pronto, mi cuerpo. Una memoria (2014, traducido en España en 2015 por Capitán Swing), no alcanza las doscientas páginas y no le hacen falta. Se trata de un relato estremecedor que narra el proceso de enfermedad-sanación de la autora, a modo de libro autobiográfico que nos adentra en lo más profundo y sangrante de su vida. En él se combinan la poesía, el relato corto, el ensayo y el diario autobiográfico mediante los cuales la autora no solo se reafirma como una escritora polifacética, sino que gracias a esta diversidad podemos adentrarnos en una lectura, que si bien es dura, dolorosa y por momentos grotesca también resulta reflexiva, graciosa, crítica y cálida.

El libro contiene cincuenta y cuatro textos a través de los cuales vamos atravesando el dolor de una mujer que ha sido violentada y humillada por otros y por ella misma a lo largo de su vida. El cáncer aparece y es en ese proceso de creación de algo súbitamente nuevo, extraño y cruel, que la conciencia del cuerpo emerge de las heces, del llanto, de conversaciones interminables con amigas, de un diálogo cara a cara con la agonía: “Hay bolsitas y tubos saliendo de cada orificio de un cuerpo que pronto me doy cuenta de que es mío”. Se trata además, de un reclamo por lo sustancial: el cuidado. Un reclamo en el que se denuncia y desnudan las estructuras socio-culturales que sustentan la violencia hacia el cuerpo-territorio de las mujeres y el cuerpo-territorio del mundo. La analogía entre los cuerpos de las mujeres (y hoy diríamos también, los cuerpos feminizados, aquellos que no entran en la cuadrícula de la heteronormatividad) y el planeta constituye la aportación más valiosa de este libro.

 

Del útero de las mujeres al útero de la tierra

Son muchos los temas que se podrían extraer de la lectura, incluso rápida, voraz si se quiere, de la obra. Solo mencionaré algunos, porque en estos días en que las movilizaciones contra la violencia de las mujeres están en las calles, la invitación es a adentrarse en este mundo excitante y tibio, hemorrágico y cruento en el que nos introduce la autora.

La mierda. La del mundo y la propia, podría decirse que es uno de los temas más interesantes que relata a lo largo de las páginas. Su capacidad para describir con detalle y fascinación la relación que encuentra entre la deriva del mundo capitalista y patriarcal en el que nos encontramos, con su propia vivencia del trauma, de la enfermedad y del excremento (real e figurado) que se atasca en los cuerpos violentados.

La muerte o la negación de la misma. Por supuesto que un libro que relate un proceso de enfermedad va a tratar la muerte. Lo novedoso, en todo caso, es la contradicción constante entre los deseos de vivir y el desgate que supone mantenerse viva, ya no solo en la enfermedad sino a lo largo de los años. Ensler es capaz de, en un viaje de ida y vuelta continua al presente-pasado, relatar sus más profundos temores, desmanes, excesos. Su desapego por la vida agarrándose a ella por todos los medios posibles, siempre en la cuerda floja, siempre con la culpa a cuestas.

El cuerpo. El cuerpo como lugar de encuentro, como territorio de guerra, como lugar saqueado, como medio para fines, como único espacio seguro. El cuerpo como cárcel, el cuerpo que no siente, el cuerpo atrapado. El cuerpo al que le faltan partes que añora, el cuerpo completo que se encuentra solo. En definitiva, es un gran homenaje a estas pieles que nos permiten descubrir, disfrutar y padecer mundos infinitos.

La esperanza y la fuerza de lo colectivo. Nacida y criada en los Estados Unidos, cuna de la individualidad donde la apariencia lo es todo, Ensler se encuentra caminando con mujeres de todo el mundo que, como ella, han vivido con la zozobra de saberse menos, poca cosa, incapaces a raíz de la violencia que sufrieron desde pequeñas y que difuminó por mucho tiempo la imagen de sí mismas. En esos lugares donde brotan las lágrimas y nace la empatía, nacen también las propuestas de cambio, los proyectos colectivos y las acciones concretas que mejoran la vida de las personas. Entre enemas y recuerdos se narra la historia de las mujeres de La ciudad de la Alegría.

El Congo como útero del mundo. El Congo, en donde se encuentra la segunda selva tropical más grande del planeta, con casi dos millones de kilómetros cuadrados que se dividen en seis países, se ha convertido en un lugar de referencia para el turismo. La experiencia de volar a cientos de kilómetros desde Europa o Estados Unidos para reencontrarse con la naturaleza vende cada año la ilusión de estar haciendo parte del mundo, pero en qué términos, cabría preguntarse. Por otra parte, la explotación de minerales como el coltán supone uno de los mayores riesgos para la población congoleña, especialmente para sus mujeres, que se ven sometidas a violencias múltiples provocadas por la intersección de los sistemas de opresión colonial, racial, patriarcal y capitalista que constituyen la base del uso de la fuerza y la brutalidad con un solo fin: la expoliación y apropiación de los territorios, llámense estos úteros de las mujeres o llámense minas de coltán. Ensler ha pasado más de veinte años en el Congo. Como activista logró construir en medio de la barbarie relaciones de afecto y cuidado, reconstruyó una familia con las mujeres de la Ciudad de la Alegría, mujeres que describe como “graciosas, apasionadas, listas y valientes (…) cantaban a pesar de que les habían robado el futuro”. La lectura nos aproxima a un mundo de tintes rojos, rosados, naranjas, al endometrio sangrante y resiliente del planeta en donde la fortaleza y la solidaridad femeninas no solo no que no tengan fronteras, es que tienen un suelo vascularizado, pegajozo, fértil y común a partir del cual sueñan y se construyen nuevos mundos.

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