LOS NUEVOS PLANTEAMIENTOS FEMINISTAS DEL SIGLO XIX: DE LA VINDICACIÓN A LA ACCIÓN POLÍTICA

Por Gloria Flores Rubiales, Graduada en Traducción e Interpretación y Humanidades, Máster en Género e Igualdad doctoranda en Lenguas Modernas y Filologías

Generalmente se considera que las primeras etapas del feminismo en el contexto europeo abarcan un amplio periodo, que va desde la época clásica hasta mediados del siglo XVIII, con el surgimiento de la Ilustración. Se trata de una época en la que se desarrollan una serie de ideas emancipatorias fundamentales para el surgimiento y avance de los movimientos feministas (occidentales) como los conocemos actualmente a través de figuras que, en palabras de Laura Marco, "contribuyeron a inspirar una transformación moral y cultural en lo que respecta al papel de la mujer en la sociedad". Durante la Ilustración, el feminismo aparece como proyecto emancipatorio y esa emancipación se configura como eje teórico-práctico de esta época, en la que se pasa del memorial de agravios a la denominada "vindicación feminista".

Entrando en el siglo XIX, no obstante, la vindicación feminista se convertirá en acción política, cuando se estructura precisamente la Primera Ola del feminismo o feminismos europeos, pues son muchas las diferentes corrientes, así como los lugares-tiempos en los que estas luchas se desarrollan.

En este siglo, las mujeres seguían todavía estando reducidas a una moral  que solo consideraba su rol como esposas o madres y que las incitaba a no salir de la frontera doméstica. Es por ello que las reclamaciones feministas abogarán porque puedan abrirse camino en la esfera pública, tener acceso a una educación formal e ir avanzando en igualdad. Es decir, las mujeres ya tenían una serie de ejes fundamentales planteados para llevar a cabo los cambios.

El capitalismo alteró además las relaciones entre los sexos, por un lado, con la incorporación masiva de las proletarias al trabajo industrial, puesto que suponían mano de obra más barata -y sumisa- que los varones. Y, por otro, con el fenómeno contrario en lo que respecta a las burguesas, que quedaron enclaustradas en sus hogares. En general, la mayoría de las mujeres experimentaban una situación de propiedad legal de sus maridos y su marginación de la educación y las profesiones liberales, marginación que, en muchas ocasiones, las conducía a la pobreza. Veremos progresivamente cómo además de los feminismos burgueses surgen corrientes obreras de lucha:  el foco que apunta al origen de la opresión, la posibilidad de unir intereses y la estrategia adecuada para conseguir la emancipación difiere mucho entre ambas tendencias. De hecho, ese feminismo obrero, de mujeres de clases populares y trabajadoras, someterá a revisión los conceptos de trabajo, espacio y tiempo, produciendo una visión renovadora del trabajo a domicilio, la industrialización, la doble presencia en los espacios públicos y privados y el trabajo doméstico, que en última instancia pondrá en cuestión la relación entre capitalismo y patriarcado como sistema económico, político, social y cultural de explotación, dominación y opresión.

Además de todo ello, la prostitución, la maternidad fuera del matrimonio, los infanticidios, el aborto e incluso los suicidios iban en aumento entre las europeas del siglo XIX. Estas cuestiones comenzaron a preocupar a los movimientos de mujeres, motivo por el que comenzaron a organizarse en torno al reconocimiento del trabajo doméstico, el derecho a trabajar fuera del hogar y a estudiar y la reivindicación del derecho al sufragio (femenino), lo que explica también que estos movimientos se caractericen como "sufragistas". 

 

El sufragio como reivindicación clave 

El sufragio puede considerarse un elemento esencial dentro de las reivindicaciones feministas de la época puesto que, aunque las mujeres luchaban por la igualdad en diversos ámbitos con el fin de generalizar los valores y derechos democráticos, consideraban que la consecución del voto y el acceso al parlamento les abrirían nuevos caminos para hacer cambios en las leyes e instituciones. Además, como afirma la filósofa Ana de Miguel, "el voto era un medio de unir a mujeres de opiniones políticas muy diferentes, su movimiento era de carácter interclasista, pues consideraban que todas las mujeres sufrían en cuanto mujeres, e independientemente de su clase social, discriminaciones semejantes". 

El sufragismo, como movimiento de reforma social, económica y social, fue desarrollado en efecto por mujeres de diferentes asociaciones, comunidades o entidades. Por tanto, hablamos de diferentes tácticas y prácticas, pero con un mismo objetivo: promover la extensión del sufragio femenino igual, no el sufragio universal, que solo consideraba la abolición de la discriminación debida principalmente a la etnia.

En definitiva, durante el siglo XIX encontraremos a mujeres que no se corresponden con el modelo femenino imperante de la época e intentan desafiarlo, mujeres que llevan su emancipación a su máxima expresión a través de la reivindicación por el derecho a voto y otras que rompen las barreras de un modelo único de mujer blanca y burguesa, considerando el feminismo como un movimiento no solo heterogéneo, sino también interseccional, que valora factores como la clase social o la etnia.

 

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