DESMONTANDO EL COITOCENTRISMO

Por María Camacho Gavilán, graduada en Pedagogía y estudiante del Máster en Igualdad y políticas de Género de la Universidad de Valencia

 

Al igual que en las relaciones sociales se está legitimada la religión heteropatriarcal, en las relaciones sexuales se ha normativizado la religión coitocentrista. Cuando hablamos de coitocentrismo nos referimos a la interpretación del coito como el centro de las relaciones sexuales, considerando que todo gira en torno a él y que una relación sexual no es completa ni placentera si esta no incluye penetración. ¿Por qué queremos desmontar esta asociación? Primeramente, porque el coitocentrismo no hace ningún tipo de distinción entre relaciones sexuales y coito, por lo que se entiende que cualquier otra práctica que no culmine en penetración no se considera “tener sexo”. Seguidamente, por la relación que guarda la “esencialidad” que se le otorga a la penetración con el sistema patriarcal. Como vemos, lo que nos han hecho creer es que el epicentro del placer es la penetración. Esta concepción muestra que la diferencia entre sexos y la desigualdad de género se reproduce también en el ámbito sexual, ya que el falo ocupa un mayor rango e importancia en el sexo, arrastrándonos a la visión reproductiva de este, como consecuencia del sistema heteropatriarcal de nuestras sociedades. Otro argumento que sostenemos en contra de este pensamiento es que, en el momento de considerar que el sexo gira en torno al pene, estamos invisibilizando las relaciones sexuales entre personas del mismo sexo, sobre todo, las de las mujeres del mismo sexo. Al mismo tiempo, estamos reforzando el juego de roles, de “poder” y la posición subordinada de la persona que penetra vs la que es penetrada en las relaciones entre hombres del mismo sexo.

 

¿Dónde queda el placer femenino?

No nos podemos olvidar que con este modelo de cultura sexual se le resta importancia al placer y orgasmo femeninos, ya que se entiende que la relación sexual acaba cuando la persona que penetra, o el hombre que penetra, eyacula y llega al clímax. Por último, queremos mostrar que esta cultura sexual venera la virginidad. Vemos que la sociedad concibe que virginidad no hay más que una, cuando, en realidad, en el sexo existen muchas primeras veces que pueden ser muy simbólicas, más que la propia penetración. En las sociedades católicas, la idea de que María diese a luz a Jesús siendo virgen revistió esta condición de un carácter puro e inmaculado que las mujeres han arrastrado durante siglos. Pero esta creencia y preocupación en torno a la virginidad no es exclusiva de la religión católica. También la encontramos en diversas sociedades y religiones que siguen manteniendo las pruebas de virginidad, que la Organización Mundial de la Salud intenta erradicar en al menos veinte países del mundo. Estas pruebas, además de ser humillantes para las mujeres, no tienen ninguna validez médica ya que el himen (cuya integridad significa señal de virginidad) puede romperse en situaciones cotidianas o permanecer intacto tras una penetración. El patriarcado ha empleado la virginidad como un mecanismo para controlar los cuerpos de las mujeres. Debemos romper con la normatividad sexual, proclamando la sexualidad con perspectiva de género como la única forma de entender y vivir las libertades y los derechos sexuales de todas las personas en plenitud. La finalidad de las relaciones sexuales no debe ser simplemente el coito, sino que ha de pasar por disfrutar y alcanzar el máximo placer, recorriendo el mapa de nuestro propio cuerpo, para estar preparadas y preparados y ser capaces de explorar nuevos territorios. No estamos condenando al coito, solo lo estamos posicionando en el lugar que corresponde. Tenemos que interiorizar que tener una vida sexual satisfactoria no gira en torno a la coreografía de la penetración, sino que esta es solo una de tantas prácticas que tenemos a nuestro alcance para disfrutar y llegar al paraíso.

 

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