Por Alba Tamara Gómez, licenciada en Economía, técnica de personas y generación de talento
El término soft girl define una tendencia de estilo de vida, particularmente notable actualmente en Suecia, adoptada por mujeres jóvenes (alrededor de 20-25 años) que celebran la renuncia al trabajo para vivir como «novias de“ y quedarse en casa. Este esquema se fundamenta en un acuerdo de manutención económica total proporcionada por la pareja, que no solo cubre sus necesidades básicas, sino que costea y valida el tiempo de permanencia en el hogar como un espacio legítimo para el ocio y el cultivo de intereses personales.
Aunque el concepto ha sido una microtendencia global en redes sociales desde finales de la década de 2010, el fenómeno ha cobrado gran fuerza entre la generación Z sueca actual, generando tanta fascinación como controversia. Todo esto sucede en el país más igualitario del mundo, donde no solo existe un sólido sistema de participación laboral para ambos sexos, sino que se han diseñado políticas durante décadas para promover hogares de doble ingreso, consolidando así una cultura que valora profundamente el trabajo.
Aunque se considera que representan una proporción pequeña de la población y no existen cifras oficiales sobre cuántas jóvenes suecas han dejado de trabajar completamente para depender económicamente de sus parejas, la base de datos de 2024 de Ungdomsbarometern señala una tendencia creciente. Esta institución, que encuesta anualmente a 15000 jóvenes para estudiar cambios de comportamiento desde 1991, destaca el interés en este modelo entre las jóvenes y los jóvenes de 14 a 24 años. Además, la misma encuesta señala que un 14% de las niñas de entre 7 y 14 años ya se sienten identificadas con el movimiento soft girl.
Peter Wickström, jefe del departamento de análisis y seguimiento de políticas de la Agencia Sueca para la Igualdad de Género, investiga esta tendencia como una reacción a las altísimas exigencias de éxito en todos los aspectos de la vida que fueron demandadas a las generaciones anteriores de mujeres. Un modelo que promovía el concepto de la superwoman siempre positiva, según el cual aquellas que trabajaban lo suficientemente duro podían romper el ‘techo de cristal’: una visión que ahora las mujeres más jóvenes perciben como dañina.
Pese a que Suecia es pionera en conciliación y cuenta con la proporción más alta de madres trabajadoras en Europa, las estadísticas muestran que las mujeres todavía desempeñan una mayor proporción de las tareas domésticas y el cuidado de los hijos que los hombres. Este factor, unido a otra investigación de Ungdomsbarometern que muestra un aumento en los niveles de estrés entre la población joven, explica la causa raíz del fenómeno.
Las características del fenómeno
La denominada «filosofía soft life» defiende una vida sin desgaste emocional, priorizando la tranquilidad, la salud mental y el bienestar personal frente al estrés que suponen el trabajo fuera de casa y las carreras profesionales exigentes.
Las mujeres que se suman a esta idea, pues, basan su sustento en que sus novios o esposos asuman el papel de proveedores financieros, estableciendo un acuerdo sobre una dotación mensual para cubrir sus gastos personales. A cambio, ellas asumen las tareas de cocina, limpieza y decoración dentro del hogar, volviendo así a roles más tradicionales.
Mientras sus parejas trabajan, ellas dedican su tiempo al autocuidado, el gimnasio, actividades al aire libre, viajes, relaciones sociales y aficiones personales, es decir, a rutinas enfocadas en sí mismas.
Aunque inicialmente la tendencia de las soft girls fue inspirada por figuras como las muñecas Bratz, la cultura kawaii japonesa y celebridades como Ariana Grande o Taylor Swift, personajes de series como Euphoria o Wednesday han ayudado a popularizar la imagen. En los países nórdicos, concretamente, la estética soft girl se presenta como un lujo de bienestar.
A diferencia de las denominadas tradwives (otro fenómeno contemporáneo y similar en auge), cuyas funciones se enfocan plenamente en el servicio al marido y a los hijos, las «chicas suaves» promulgan una vida centrada en el bienestar y el disfrute individual.
El fenómeno es un claro un reflejo de las presiones que enfrentan las mujeres en la sociedad actual. Por un lado, se busca romper con la expectativa de la superwoman que debe destacarse en todos los ámbitos; por otro, se cuestiona si este modelo perpetúa roles de género tradicionales y limita las oportunidades de las mujeres.
Así, mientras entre ciertos sectores se muestra al movimiento como una libre elección de vida centrada en el autocuidado (paz mental y bienestar personal), la visión crítica lo señala por reflejar un contexto heteronormativo y un retroceso en los derechos de las mujeres.
Lo que parece claro es que este fenómeno surge como reacción a los exigentes estándares de éxito profesional y personal que caracterizaron a las girl boss de la década de 2010. En ese periodo, se vinculaba el empoderamiento femenino individual directamente con el éxito profesional, la ambición y el dinero, dentro de un entorno donde el fracaso no era una opción. Fenómeno que menguó paulatinamente cuando se hizo evidente que ese éxito implicaba ceñirse a formas del patriarcado tradicional (como trabajo excesivo y jerarquías rígidas) y que, por tanto, no resultaba realmente liberador. Por todo ello, la tendencia soft girl puede interpretarse como un giro hacia una vida más equilibrada que propone el retorno a lo simple y la prioridad de la calidad de vida sobre el dinero.

