Por Alba Tamara Gómez, licenciada en Economía, técnica de personas y generación de talento
A menudo, la narrativa sobre el emprendimiento africano se centra en las startups tecnológicas de Nigeria o Kenia; sin embargo, el verdadero motor económico del continente son las mujeres. Y las cifras así lo constantan:
África subsahariana (que comprende a países como Ghana, Nigeria y Uganda) es la única región del mundo donde las mujeres tienen más probabilidades de emprender que los hombres. De este modo, cuenta con la mayor tasa de empresarias a nivel global, destacando el caso de Ghana, con un 46% de empresas propiedad femenina.
La tasa media de emprendimiento femenino subsahariano alcanza el 27%, cifra que contrasta con el 8% del Norte de África y el 11% de mujeres en el Sudeste Asiático y Pacífico, así como con el 9% de mujeres en Oriente Medio y el 6% en Europa y Asia Central.
A pesar de estas cifras, a nivel continental se produce la siguiente paradoja: aunque las mujeres constituyen más del 50% de la población total africana, y producen más del 62% de los bienes económicos, en 2018 solo generaron el 33% del PIB. Además, representan únicamente el 8,5% de los empleados asalariados. Ello se debe a que la mayor parte trabajan en el sector informal de la economía o en la agricultura, sectores que carecen de reconocimiento y derechos. De hecho, aunque las mujeres producen el 80% de los alimentos, solo poseen el 15% de la tierra.
Mientras que en muchos países occidentales el emprendimiento es una opción de carrera, en África es, con frecuencia, es una estrategia de supervivencia y resiliencia. Estas iniciativas se transforman en empresas que dinamizan economías locales y amplían redes sociales.
Desafíos de género e iniciativas emprendedoras
Sin embargo, aunque una de cada cuatro mujeres africanas se convierte en emprendedora, también están a la cabeza en el número de negocios que fracasan. Esto se debe, en gran medida, a que enfrentan profundos desafíos de género y discriminaciones asociadas, tales como la dificultad para acceder a créditos bancarios y la falta de capacitación técnica. Estos obstáculos se manifiestan de tres formas críticas:
• Techo de cristal financiero: se estima que existe una brecha de financiación de género en África de 42.000 millones de dólares. A pesar de que las mujeres africanas son las más emprendedoras del mundo, son las que reciben menos inversión.
• Propiedad de la tierra y respaldo legal: en muchos contextos rurales, las leyes impiden que posean tierras. Sin títulos de propiedad, carecen de garantías y fianzas para solicitar préstamos bancarios tradicionales.
• Tasa de género: los prejuicios sociales dictan que las mujeres deben dedicar más tiempo al cuidado del hogar, lo que limita el tiempo disponible para escalar sus empresas.
Para superar estas barreras, han surgido diversas iniciativas y herramientas públicas y privadas:
• Women in Africa (WIA): plataforma que premia cada año a 54 emprendedoras, una por cada país aricano. A través de formación, entrenamiento estratégico y redes de contacto, el programa facilita el acceso a financiación clave para el escalado de sus proyectos. Tiene como meta ayudar a 10.000 emprendedoras en los próximos años.
• AFAWA (Affirmative Finance Action for Women in Africa): plataforma del Banco Africano de Desarrollo (BAD), lanzada en 2019, con el objetivo específico de ofrecer soluciones de financiación directa a empresarias.
• She Wins Africa: iniciativa de la International Finance Corporation (IFC) que ofrece entrenamiento, mentoría y redes de contacto para superar barreras y acceder al capital inicial.
• Banca Móvil y Fintech: plataformas como M-Pesa, lanzada en 2007 en Kenia, han revolucionado el continente al permitir que las mujeres en zonas remotas gestionen pagos y cobros sin depender de infraestructuras físicas (muy sesgadas por el género tradicionalmente). En el África subsahariana, la adopción de estas tecnologías es masiva: para el año 2016, el 12% de los adultos (64 millones de personas) ya poseía una cuenta móvil, una cifra que supera con creces el 2% del promedio registrado en el resto del mundo
• ROSCA (Asociaciones de Ahorro y Crédito Rotativo): son sistemas comunitarios basados en la confianza y el capital social, donde grupos de mujeres eliminan la dependencia bancaria formal (de la que serían excluidas) mediante la contribución habitual a un fondo común. En cada reunión, cada integrante aporta una cantidad fija de dinero que se entrega íntegramente a una sola persona por turno (lo que funciona como capital semilla). En la siguiente reunión, se repite el proceso, pero el dinero se le entrega a una integrante distinta. Su relevancia es tal que se estima que, en países como Kenia, mueven miles de millones de dólares anualmente, siendo un motor invisible pero gigante de la economía nacional. Además, más allá del factor monetario, estas asociaciones – conocidas como Chamas en el este de África o Susu en Ghana- funcionan como espacios vitales de apoyo social y aprendizaje compartido.
El impacto de cerrar la brecha de género en el continente africano sería monumental. Varios estudios estiman que si las mujeres tuvieran el mismo acceso a recursos productivos que los hombres, el PIB del continente podría crecer un 10% adicional para 2025, lo que equivale a un aumento de 316.000 millones de dólares. Por tanto, el emprendimiento femenino en África ha dejado de ser un recurso improvisado y una simple estrategia de subsistencia. Hoy es un pilar fundamental del crecimiento regional y un motor estratégico de innovación y desarrollo con la capacidad real de redefinir el futuro económico de todo el continente.

