CRISIS CLIMÁTICA Y FEMINISMO

Resumen

Por Alba Tamara Gómez, licenciada en Economía, técnica de personas y generación de talento

Los desastres climáticos afectan, sin lugar a dudas, de manera distinta a las personas según su clase social y ubicación geográfica. Sin embargo, existe un condicionamiento más, no considerado habitualmente: el género.

Las mujeres en el Sur Global enfrentan condiciones especialmente duras ante el cambio climático y la degradación ambiental, y dichos factores actúan como un multiplicador de riesgos, profundizando en las desigualdades de género preexistentes.

El Sur Global está compuesto por 134 Estados de América Latina, África, Asia (incluyendo la mayor parte de Oriente Medio) y Oceanía. No es una definición puramente geográfica, sino geopolítica y económica, que representa a naciones no occidentales (incluso del hemisferio norte) que cuentan con un legado histórico de colonialismo, marginación y desafíos de desarrollo. En su conjunto, representan más del 85% de la población mundial.

Se estima que el 80% de las personas desplazadas por el cambio climático son mujeres y niñas, muchas de ellas concentradas en esas regiones, de acuerdo a los datos de la ONU. Esas mujeres tienen hasta 14 veces más probabilidades de morir durante un desastre natural que los hombres. Ello se debe, fundamentalmente, a que su rol de cuidadoras hace que, ante una emergencia, prioricen salvar a niños y ancianos antes que su propia huida.  Asimismo, las mujeres son víctimas desproporcionadas de las situaciones climáticas.

Por ejemplo, diversos estudios señalan que, para el año 2050, las mujeres en hogares sin agua corriente podrían dedicar hasta un 30% más de tiempo diario a la recolección de agua (a veces horas adicionales cada día) debido a la sequía. Ellas suelen ser las responsables de recolectar agua, pero también la leña o la leche, actividades vitales que, en escenarios de escasez, limitan aún más su asistencia a la escuela o la posibilidad de realizar empleos remunerados, atrapándolas en un ciclo de dependencia económica. Además, esta recolección (habitualmente sin la ayuda de animales de carga) implica transportar grandes pesos por largas distancias, lo que deriva en lesiones crónicas de espalda y complicaciones durante el embarazo.

En contextos de escasez, existe la norma social de que las mujeres y niñas coman al final y en menores cantidades, priorizando a hombres y niños. Esto genera mayores tasas de desnutrición y anemia en las mujeres, afectando gravemente su salud reproductiva y su bienestar general.

El cambio climático repercute directamente en la salud materna y neonatal, especialmente cuando los desastres limitan el acceso a los servicios y a la atención sanitaria básica. El calor extremo aumenta la probabilidad de menores nacidos muertos, mientras que el incremento de las temperaturas globales contribuye a la propagación de enfermedades  como la malaria, el dengue y el virus del Zika, ante las cuales las mujeres embarazadas presentan una vulnerabilidad particular.

Cambio climático y violencia de género

Cuando los recursos escasean, la tensión familiar aumenta y muchas mujeres ven amenazada su integridad física y psicológica. La crisis climática no solo degrada el entorno, sino que exacerba las violencias estructurales. Así, las estadísticas indican que existe una correlación directa entre las olas de calor o sequías y el aumento de los feminicidios, registrándose incrementos de hasta un 28% en los periodos de temperaturas extremas.

Además, en situaciones de pobreza extrema tras un desastre, las familias recurren en mayor medida al matrimonio infantil o se ven expuestas a redes de trata de personas como estrategia de supervivencia para aliviar la carga económica del hogar.

Más todavía, se ha constatado que las crisis climáticas provocan un repunte en prácticas de enorme violencia hacia las mujeres, tales como la mutilación genital, como una forma de asegurar la elegibilidad de las niñas para el matrimonio en tiempos de carestía. Como prueba de esta realidad, durante la sequía del Cuerno de África en 2022, el número de matrimonios infantiles en Etiopía se multiplicó casi por cuatro, mientras que, en Somalia, los episodios de violencia sexual aumentaron un 20%.

Las proyecciones son alarmantes: un informe presentado por ONU Mujeres en la COP28 advierte que, para el año 2050, la crisis climática podría empujar a la pobreza a 158 millones más de mujeres y niñas, además de provocar que 232 millones se enfrenten a una inseguridad alimentaria severa.

A pesar de esta vulnerabilidad extrema, ellas siguen ocupando una posición minoritaria en los espacios donde se toman las decisiones estratégicas sobre el clima. Dicha exclusión resulta paradójica cuando, por ejemplo, son las principales gestoras del agua a nivel local. Además, lejos de ser reconocidas, muchas defensoras ambientales enfrentan hoy riesgos adicionales que incluyen la estigmatización, la violencia política y la criminalización. Se estima que, si las mujeres tuvieran el mismo acceso que los hombres a los recursos productivos, la producción agrícola podría aumentar hasta un 30%. Por tanto, cerrar la brecha de género no es solo una cuestión de derechos humanos, sino una solución pragmática para la supervivencia global.

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