Por Alba Tamara Gómez, licenciada en Economía, técnica de personas y generación de talento
En los últimos años, con el auge de la perspectiva de género aplicada al urbanismo y la planificación de espacios públicos, han surgido iniciativas que, buscando reducir los riesgos que afectan de manera desproporcionada a las mujeres, han optado por medidas cuanto menos polémicas. Una de las más visibles y debatidas es la creación de plazas de aparcamiento exclusivas para ellas.
Esta solución no es nueva, sino que se introdujo originalmente en 1990 en Alemania y años más tarde países como Corea, Italia, Austria o China también la adoptaron. Actualmente se ha convertido en ley en algunas regiones de Alemania, como Brandenburgo, en donde las autoridades deben garantizar que al menos el 30% de los lugares de estacionamiento estén reservados para mujeres, mientras que en Corea del Sur se enmarca dentro de grandes programas de «ciudad amiga de la mujer».
Se argumenta que estas plazas, a menudo situadas más cerca de las entradas, mejor iluminadas o con mayor videovigilancia, buscan adaptar el espacio público para reducir la exposición al peligro en lugares percibidos como zonas de riesgo. Ciudades como León, aunque su presencia en España es todavía muy escasa, o iniciativas privadas en centros comerciales y aeropuertos han adoptado esta medida popularmente conocida como «plaza rosa» por su simbología de género.
Sin embargo, desde una óptica feminista que persigue la igualdad real y la plena integración de las mujeres en todos los ámbitos, la solución elegida resulta ser innegablemente cuestionable.
La segregación nunca debe ser la respuesta a la inseguridad
Es innegable que las mujeres enfrentamos mayores riesgos de acoso y violencia en el espacio público, pero al optar por la segregación, la administración está eludiendo la responsabilidad de hacer un lugar seguro para todos y todas. La verdadera perspectiva de género no busca crear burbujas de seguridad para mujeres, sino transformar la totalidad del entorno para que todo el espacio público sea seguro.
Además, las plazas exclusivas para mujeres concurren en un peligroso juego de perpetuación de estereotipos. En primer lugar, la medida es fácilmente interpretable como una insinuación, una broma socialmente aceptada y sexista, de que las mujeres conducen o aparcan peor y necesitan un espacio más amplio o una localización de fácil acceso.
En segundo lugar, se refuerza la narrativa de que el espacio público es, por defecto, peligroso para ellas, y que su única salvación es la separación. Esto choca frontalmente con la lucha feminista por la igualdad real, que busca integrar a las mujeres plenamente en el espacio público sin distinciones.
El objetivo de la igualdad no es crear guetos seguros, sino normalizar nuestra presencia y asegurar que el agresor sea disuadido en cualquier lugar. Al crear «espacios seguros» segregados, se corre el riesgo de convertir el resto del parking en un «espacio peligroso» aceptado, y se refuerza la idea patriarcal de que la mujer es un ser frágil que debe ser apartado o protegido, en lugar de centrar la responsabilidad en disuadir y castigar al agresor.
La respuesta a la inseguridad en un aparcamiento no es pintar una línea de un color diferente, sino asegurar que las condiciones de seguridad y vigilancia sean óptimas. El objetivo no es obtener un 1% de espacio seguro, sino exigir que el 100% del espacio público nos pertenezca, sea transitable y sea seguro, al igual que lo es para el hombre. La segregación nunca es el camino hacia la igualdad y crear una plaza de aparcamiento rosa es una derrota para el feminismo.

