TANATOPRAXIA Y GÉNERO: ¿DÓNDE QUEDAN LAS MUJERES?

Resumen

Por Lucía Oliva Somoza, docente de formación profesional para el empleo de igualdad y orientación laboral y técnica superior en anatomía patológica, laboratorio clínico y biomédico

A pesar de los avances hacia una mayor igualdad de oportunidades, nos seguimos encontrando con la asociación de determinadas profesiones a hombres, así como otras a mujeres. Bastaría con pensar en qué imagen nos viene a la cabeza cuando pensamos en una persona profesional de una determinada ingeniería, en mecánica, en “educadora infantil” o “matrona». Antes siquiera de conocer a quien desempeña ese puesto de trabajo, tendemos a construir una imagen mental que viene condicionada por décadas de estereotipos de género. Esta asociación no es para nada anecdótica: influye en las elecciones formativas, en las expectativas profesionales, en los procesos de selección y, por supuesto, en la percepción que tenemos sobre quién encaja o no en un determinado puesto de trabajo.

De este modo, la segregación ocupacional por razón de sexo continúa en la actualidad siendo una de las características más persistentes del mercado laboral. Existen una serie de sectores claramente feminizados, como los cuidados, la educación infantil o determinados ámbitos sanitarios, mientras que, paralelamente, otros sectores continúan estando mayoritariamente ocupados por hombres, especialmente aquellos relacionados con industria, construcción o determinados oficios. La explicación de dicha segregación laboral no suele encontrarse en las capacidades de unas personas u otras, sino en la forma en que la sociedad ha ido atribuyendo históricamente determinados roles a mujeres y hombres.

Uno de los casos que quizá menos se conoce, pero que es especialmente ilustrativo de ello, es el de la tanatopraxia. Se trata de una profesión que combina conocimientos sanitarios, técnicas de conservación, técnicas de restauración, cumplimiento de protocolos higiénico-sanitarios y una importante capacidad para trabajar con respeto y sensibilidad en un contexto especialmente dedicado para las familias u otras personas allegadas, el del momento de la muerte. Con todo, cuando pensamos en una persona dedicada a la preparación de un cuerpo para su velatorio, la mayoría seguimos imaginando a un hombre.

Esta percepción responde a un constructo social que durante décadas ha asociado el sector funerario a la fuerza física, a la disponibilidad permanente y a la capacidad para afrontar situaciones emocionalmente complejas. Estos atributos se han identificado tradicionalmente con la masculinidad, reservando a las mujeres tareas o funciones relacionadas con la atención al público, la administración o a los cuidados desarrollados en otros espacios. Como resultado, muchas mujeres no contemplaban la tanatopraxia como una posible salida profesional porque no encajaba con la imagen social asociada a esta profesión.

A pesar de todo, la realidad del sector lleva años evolucionando. Se ha profesionalizado cada vez más la actividad con la aparición de formación específica, la incorporación de nuevas técnicas y la modernización de las empresas funerarias que modificaron enormemente el perfil profesional que demanda el mercado. Según diferentes estudios impulsados por la Asociación Nacional de Servicios Funerarios, PANSEF, la presencia de la mujer ha ido aumentando de forma constante en los últimos años, tanto en la tanatopraxia como en otras áreas tradicionalmente ocupadas por hombres en el sector. La incorporación de nuevas generaciones también está suponiendo que se cuestione una distribución del trabajo que durante mucho tiempo se ha asumido como natural.

Cambios y resistencias

Con todo, los cambios producidos en los últimos años no implican la desaparición de los estereotipos: el sector funerario sigue presentando una mayoría de ocupación de hombres en los niveles de responsabilidad técnica o directiva, como sigue sucediendo en muchos otros ámbitos de la sociedad. Además, los cambios en la composición de la plantilla se suelen producir a mayor velocidad que los cambios en la percepción social. La realidad evoluciona poco a poco, pero la imagen que tenemos de ella lo hace mucho más lentamente.

Es por ello, quizá, que la tanatopraxia es un ejemplo tan interesante para analizar cómo funcionan los estereotipos de género presentes en el ámbito laboral, pues la mayor parte de funciones que hoy día desempeña una persona tanatopractora dependen de la formación técnica, del rigor profesional, del adecuado cumplimiento de los protocolos sanitarios y de la capacidad para ofrecer un servicio profesional y respetuoso a las familias y personas allegadas de la persona fallecida. La fuerza física que tradicionalmente se usaba como argumento para justificar la masculinización de este sector ha perdido buena parte de su relevancia gracias a la evolución de los procedimientos, el equipamiento y la adecuada organización del puesto de trabajo.

El caso de la tanatopraxia, como muchos otros, demuestra que las profesiones no tienen género, aunque sí puedan tener una historia. Y esa historia ha condicionado durante mucho tiempo la forma en que la sociedad percibe quién debe hacer qué. Es por ello que es tan importante analizar no sólo cómo evoluciona el mercado laboral, sino también cómo evoluciona o no el imaginario colectivo que, en esencia, sigue marcando las decisiones profesionales de muchas personas. Además, por supuesto, de la importancia de visibilizar la presencia de la mujer en sectores altamente masculinizados y la del hombre en sectores altamente feminizados.

Comparte este artículo
Artículos recientes