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MATERNIDAD SUBROGADA: ¿CÓMO POSICIONARSE DESDE EL FEMINISMO?

Por Carmen V. Valiña. Creadora y directora de PeriFéricas.

 

La cuestión de la maternidad subrogada siempre ha sido polémica, pero en los últimos meses el debate se ha convertido en central dentro de la sociedad española. ¿Qué argumentos utilizan quienes la defienden? ¿Cuáles emplear, como feministas, para oponernos a esta práctica?

 

Los argumentos de quienes defienden los vientres de alquiler

 

Como en toda gran disputa llegan argumentos de signo contrario dependiendo del lado en el que nos ubiquemos. En este caso, han sido fundamentalmente dos sectores, el de las propias mujeres que apuestan por la maternidad subrogada y el de los progenitores de esos bebés, quienes defienden dicha práctica.  Para las primeras, tener hijos como madres gestantes es una experiencia positiva, desde el momento en que ayudan a otras familias a formarse, y recuerdan que en los países donde esta práctica es legal se les realizan numerosos exámenes psicológicos y controles médicos para asegurar que todo vaya a la perfección. Frente a quienes critican la mercantilización de la maternidad a través de la maternidad subrogada, defienden que se trata de un contrato libre entre partes que no implica ningún comercio de por medio y aclaran que también existe un componente altruista en quienes se deciden a parir hijos para otras, teniendo en cuenta los riesgos para la salud que todo parto y embarazo implican. ¿Qué responden estas madres a las feministas que ponen en tela de juicio su decisión? Emplean un argumento que, paradójicamente, recuerda a los del propio feminismo: la capacidad de decidir sobre el propio cuerpo.

La defensa por parte de los colectivos LGTBI de la gestación subrogada  ha supuesto la apertura de una brecha entre estos y las feministas, dos grupos que en los últimos tiempos habían trabajado conjuntamente en torno a diversas reivindicaciones. Gran parte de los mayores defensores de los vientres de alquiler proceden de los colectivos gais, lesbianas y transexuales. Seguramente todos tenemos en mente a varios famosos, hombres fundamentalmente, que han recurrido a esta solución para convertirse en padres. Pese a que homosexuales y feministas han batallado por sus derechos a menudo de la mano, ahora el enfrentamiento se basa en un punto claro: mientras que los primeros hablan de libertad, las segundas indican que no todo vale, y que esa libertad se está ejerciendo pasando por encima del sometimiento del cuerpo femenino a los dictados del mercado y el capitalismo. ¿Puede hablarse de libertad cuando, por ejemplo, una futura madre se presta a una gestación subrogada porque necesita unos cuantos miles de euros para dar de comer a otros hijos o simplemente para sobrevivir? El colectivo LGTBI, consciente de la importancia del lenguaje para representar la realidad, se ha manifestado claramente contra la propia expresión “vientres de alquiler”, por el carácter profundamente peyorativo de la misma, una campaña que las feministas han contrarrestado con otros apelativos todavía más ilustrativos del carácter mercantil de esta práctica, como el de “incubadoras humanas” o el que emplea la web “No somo vasijas”.

 

maternidad subrogada

¿Qué argumentos contra la gestación subrogada podemos emplear las feministas?

Los colectivos feministas lo tienen claro: la gestación subrogada supone un ataque flagrante contra los derechos de las mujeres y, además, implica en la inmensa mayoría de los casos que son las más pobres quienes acaban pariendo a los hijos de las parejas, padres o madres más ricos. Se incluye, pues, un componente económico de profunda desigualdad. No todo vale en un contexto de libre mercado: los derechos humanos deberían primar, y difícilmente podemos argumentar que una mujer gesta al hijo de otra de forma desinteresada, desde el momento en que existe una transacción económica de por medio. Insisten, además en la necesidad de desvincular deseo y derecho: el anhelo de unos progenitores de tener descendencia no puede implicar necesariamente que se puedan llegar a adquirir bebés prácticamente a la carta a cambio de una cantidad de dinero más o menos elevada. Sumemos, a ello, el origen de muchas madres, procedentes de países en desarrollo y con escasos recursos, para poner de manifiesto la profunda desigualdad de las relaciones que se establecen en el caso de la gestación subrogada, y que forman parte de un conglomerado de economía capitalista y reglas patriarcales que como feministas no podemos aceptar.

Se produce, además, en toda la cuestión de la gestación subrogada, una intersección de desigualdades inaceptable en un movimiento que debe considerarse plural y respetar las reivindicaciones de diversos grupos de mujeres: nos referimos a la intersección entre raza, clase social y pertenencia geográfica, que hace que las y los subrogadores sean en su mayoría blancos y occidentales, mientras que las subrogadas acostumbrarán provenir de regiones con mucho menor poder adquisitivo y ser a menudo racializadas.

Dejar el debate sobre la maternidad subrogada en el ámbito puramente privado, considerando que se trata de la decisión personal de unos progenitores que desean tener descendencia, es olvidar que estamos ante un asunto de interés general, en tanto en cuanto tiene que ver de manera directa con nuestros derechos como mujeres.

La polémica está lejos de terminarse, teniendo en cuenta las iniciativas legislativas que pretenden regular esta práctica en España. En la resolución de este asunto están en juego numerosas cuestiones que, como mujeres, nos atañen de forma absolutamente directa.

 

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