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LA POLÉMICA DEL LENGUAJE INCLUSIVO

Por Irene Martín, licenciada en Lingüística General por la Universidad Complutense de Madrid y profesora de Lengua y Literatura Castellana en secundaria

 

La RAE trabajó el año pasado en un borrador para adecuar el lenguaje de la Constitución a otro más inclusivo, ante el requerimiento de la vicepresidenta del Gobierno y ministra de Igualdad, Carmen Calvo. Desde un principio, el propio director de la Real Academia, Darío Villanueva, aseguró que no había “la más mínima posibilidad” de reformar nada en la Constitución, por lo que era de esperar que el borrador citado no albergara sorpresa alguna. Y así fue. Todo ello es un ejemplo más de hasta qué punto la cuestión del lenguaje inclusivo sigue siendo polémica.

Por un lado, es cierto, como ya apuntó Villanueva, que el castellano es un idioma que, como el tronco lingüístico al que pertenece, el de las lenguas romances (las descendientes del latín), usa el género gramatical masculino como el género “no marcado”. Esto tiene su explicación en la Historia de la Lengua.  En latín había tres géneros: masculino, femenino y neutro. En las lenguas romances hay dos géneros gramaticales, convencionalmente conocidos como femenino y masculino, salvo en rumano, donde persiste una forma de neutro. En general, lo que ocurrió fue que los neutros latinos se transformaron en masculinos. Es decir, aquellos vocablos que incluían a ambos géneros (en este sentido, “inclusivos”) o que no marcaban si el género era masculino o femenino, eran neutros y pasaron a ser masculinos en castellano (y demás lenguas romances con la salvedad ya mencionada). La pregunta relevante para el debate que nos ocupa ahora es ¿por qué el género neutro se asimiló al masculino y no al femenino? La respuesta más inmediata que a cualquiera se nos ocurriría es porque el mundo en aquel momento era fundamentalmente masculino.

 

¿Qué otros factores explican esta cuestión?

En este punto debemos poner la atención en otros aspectos de la lingüística que creo que se han dejado de lado, a saber, la relación entre lengua y pensamiento, o para ser más exacta, la discusión de si la lengua es reflejo de nuestra concepción del mundo o, al contrario, es la concepción del mundo la que moldea la lengua. En lingüística esta discusión es antiquísima. De las posturas que se han planteado al respecto, las más interesantes para esta discusión son dos: lenguaje y pensamiento se influyen mutuamente y, o bien el primero determina al segundo o bien al contrario. Valga algún que otro ejemplo: no todas las lenguas expresan de la misma manera las distinciones o categorizaciones de la realidad. Es sabido que los esquimales tienen siete términos para designar el color blanco (dado que su realidad se desarrolla fundamentalmente en esta gama de color y necesitan por tanto más palabras que diferencien los matices), mientras que la nuestra no tiene más que uno. Este es un ejemplo de cómo la realidad determina el lenguaje. De la misma forma, nuestra lengua acuña nuevos usos y términos en función de los avances que se producen. Así, verbos como “zapear” no tenían sentido para mi abuela, pero sí para mi generación que conoció la revolución del mando a distancia. De la misma forma, “wasapear” empieza a abrirse paso en la lengua habitual y no será tarde el día que se la incluya en el diccionario (como ya pasó con “almóndiga” o “asín”, consideradas en su día vulgarismos). Todos estos ejemplos son la manifestación de una evidente interrelación entre lenguaje y pensamiento en la que se demuestra que la realidad que rodea a una comunidad de hablantes influye en la lengua que usa esa comunidad y viceversa, que los usos habituales de una comunidad de hablantes influyen en la evolución de una lengua.

Si aplicamos esta afirmación al lenguaje inclusivo observamos que su uso forma parte de una demanda social motivada a su vez por un cambio fundamental de esa sociedad. Por eso, hasta hace un siglo, no se planteaba el término “médica”, porque tal ocupación era inaccesible a las mujeres, pero a medida que esa realidad cambió también tuvo que hacerlo la lengua (casos similares ocurren con “jueza” o “soldada”). A la inversa, “enfermero” o “azafato” se abrieron camino conforme al cambio social que se producía. Llama la atención, como ya hizo notar Isaías LaFuente en su artículo “Sin peros en la lengua”, que “El Diccionario, que por razones de sentido común y de eficacia se rige por el sagrado orden alfabético, sólo tiene una excepción, sexista donde las haya. Si alguien se lanza a buscar la palabra que designa un oficio que en castellano tenga variantes masculina y femenina, se verá obligado a buscar la entrada por el masculino – abogado, da; arquitecto, ta -, algo que vulnera el exigido orden alfabético”. Máxime cuando muchas de estas profesiones (“enfermera” y “azafata”), además, eran originariamente femeninas (y por tanto, solo existían en el diccionario hasta hace poco con su entrada femenina).

 

Lenguaje y discriminación

Por otro lado, cualquier lengua se rige, entre otras cosas, por el principio de “economía lingüística”, es decir, tiende a dar la mayor información posible con el menor número de estructuras o mecanismos. En este sentido, parece lógico que si un género gramatical puede aglutinar (en el sentido de “hacer referencia”) a ambos sexos, sea el que se use. El problema aparece cuando ya no “aglutina” a ambos sexos porque socialmente se percibe como una discriminación. Además del hecho, obvio también, de que no lo más extendido tiene que ser necesariamente lo mejor. De ser así, no habríamos evolucionado demasiado.

Insisto en que la discusión se plantea más en el origen de por qué se extendió el uso genérico para el masculino, y ahí sí que gana la batalla el feminismo al suponer que el patriarcado tiene algo que ver. Ciertamente, el pensamiento se expresa con el lenguaje. No es que vayamos a cambiar la sociedad porque usemos “todos y todas”, sino más bien parece que si empieza a usarse será la expresión de que la visibilidad de las mujeres está siendo efectiva en el pensamiento del común de la sociedad que se expresa con ese lenguaje.

 

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