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LA EDUCACIÓN EMOCIONAL DESDE LA PERSPECTIVA DE GÉNERO

Por Alicia G. Vadillo, pedagoga social, coach y docente de PeriFéricas.

 

Las emociones nos indican cómo somos, cómo sentimos la vida, cómo nos relacionamos con el entorno, cómo reaccionamos ante lo que nos sucede. Nos ayudan, en definitiva, a afrontar las situaciones con las que nos podemos encontrar en el día a día.

 

Cuando hablamos de las emociones y el género, hay que tener en cuenta un factor fundamental: los estereotipos de género y la educación recibida. Desde nuestra infancia se nos enseña cómo debemos ser y comportarnos en función de nuestro sexo, qué patrones debemos seguir y a qué debemos dar prioridad. Todo ello influye en todos los aspectos de nuestras vidas y también en cómo percibimos y manifestamos nuestras emociones.

 

Mujeres y hombres nos damos más o menos permiso para conectar con determinadas emociones. Cuando analizamos las emociones y el género vemos que realmente a través de la educación y la socialización determinamos nuestra forma de vivir y nuestra manera de sentir. Todo ello guarda una profunda relación con cómo percibimos y nos enfrentamos a todo aquello que sentimos y la forma en cómo lo manifestamos.

 

¿Qué es la educación emocional?

 

La educación emocional está íntimamente ligada a la definición de inteligencia emocional. La inteligencia emocional está constituida por un conjunto de capacidades que afectan a los sentimientos, y que permiten identificarlos, gestionarlos, comprenderlos y regularlos de manera apropiada. Estas capacidades pueden desarrollarse a través de la educación y se componen de una serie de competencias: el conocimiento, la gestión, el reconocimiento y la expresión emocional. La práctica de la educación emocional es clave para que estas capacidades se fijen y desarrollen.

 

Según Rafael Bisquerra, “La educación emocional es un proceso educativo continuo y permanente, que pretende potenciar el desarrollo emocional como complemento indispensable del desarrollo cognitivo, constituyendo ambos los elementos esenciales del desarrollo de la personalidad integral”. La prevención primaria de ciertos comportamientos que vayan en contra de una educación emocional sana es clave, y la familia y la escuela desempeñan aquí un papel fundamental.

 

¿Por qué es necesaria la educación emocional?

 

La inteligencia emocional implica la capacidad de entender y gestionar las emociones y eso hace que juegue un papel importante en el crecimiento de la persona. Daniel Goleman ha sugerido que existen cinco componentes críticos de la inteligencia emocional: Conciencia de uno mismo, Autorregulación, Motivación, Empatía y Habilidades sociales.

 

La conciencia emocional es el requisito para la regulación emocional, el equilibrio entre la impulsividad y la represión, ya que los dos extremos son negativos. También existe una regulación ante las emociones de los demás, teniendo en cuenta que nuestro comportamiento influye en las emociones ajenas, y en consecuencia en el comportamiento de otras personas. Podemos afirmar que la manera que tenemos las personas de percibir las emociones está muy influenciada por el género. La conciencia de uno mismo y la autorregulación son competencias básicas, ya que la persona que las tiene puede afrontar mejor los retos de que le plantea la vida. Por tanto, son esenciales para el bienestar personal y social.

 

Cómo trabajar la educación emocional desde la perspectiva de género

 

La educación y la socialización en la igualdad​, la educación de la afectividad para chicos y chicas sin discriminación​, fomentar los buenos tratos entre iguales y compartir los mismos valores sin sesgos sexistas​, son pilares básicos en los proyectos coeducativos. Hoy en día se percibe una corriente de renovación pedagógica entre el profesorado, con ganas de cambiar la realidad y que promueve la igualdad a través de proyectos de innovación educativa, incluyendo perspectivas de género específicas en asignaturas o en el plan de acción tutorial de cada centro. Aun así, entre las capas más jóvenes de nuestra sociedad, persisten y aún se refuerzan valores sexistas y discriminatorios. Los chicos, ante la inexistencia de nuevos referentes igualitarios positivos, se están reforzando en las ideas de fuerza, rivalidad e imposición que conforman el modelo tradicional de masculinidad y que perpetúan la violencia de género. Por su parte, las chicas no ven suficientemente reforzadas sus posiciones frente a los valores tradicionales sexistas y frente a ciertas necesidades sociales, como la maternidad, que siguen afectando a su libertad emocional. Incluso en los centros de enseñanza, acentuándose con los años, las redes de relaciones sociales que se dan entre el alumnado priman y refuerzan esta situación de fortalecimiento de los valores tradicionales, de tal modo que las chicas y chicos más proclives a los valores igualitarios son a menudo poco valorados por el resto de la clase. Trabajar la educación emocional a través de actividades y discursos a favor de la igualdad de género es, pues, fundamental para acabar con este tipo de comportamientos.

 

Es evidente que las competencias emocionales de una persona van a depender de la educación afectiva y el entorno emocional en el que nos desarrollamos. A través de la educación emocional con perspectiva de género, ya desde la educación primaria, desarrollaremos competencias emocionales que posibilitarán un entorno más igualitario. La educación debe ser un espacio en el que se fomente que desaparezcan los diferentes mundos emocionales en los que hasta la actualidad hemos vivido. Por otro lado, es también importante la educación emocional para el desarrollo integral de la persona, así como para la mejora de las relaciones sociales. Es necesario desmontar los estereotipos emocionales injustos que encasillan a las personas según su sexo y a partir de la superación de estos estereotipos formular pretensiones orientadas a la justicia social y la igualdad de género.

 

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