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FEMINISMOS CHINOS EN EL SIGLO XXI: ESOS GRANDES DESCONOCIDOS

Por Carmen V. Valiña, directora de PeriFéricas. Consulta su web profesional en http://www.carmenvvalina.es/.

Dentro del curso de Especialización en feminismos decoloniales, que desde hace varios años imparto en PeriFéricas, el capítulo dedicado a los chinos siempre provoca un cierto estupor. Las alumnas apenas conocen previamente nada sobre las luchas en el país asiático, y descubrirlas, y comprobar hasta qué punto han estado mediadas por el Estado y ahora abogan por la individualidad, nos lleva también a hacer un cuestionamiento en torno a nuestras propias realidades. ¿Hasta qué punto un determinado régimen puede influir en la realidad de millones de mujeres? ¿Por qué lo personal, y no tanto lo colectivo, es hoy fundamental en la lucha de los feminismos chinos?

 

Una historia marcada por el devenir del régimen comunista

 

Como en pocos otros lugares, la historia de los feminismos chinos va estrechamente ligada a la del régimen comunista establecido por Mao Zedong entre 1949 y 1976. Durante ese periodo de tiempo tan amplio y el posterior mantenimiento del régimen tras la muerte de su líder, las luchas de las feministas chinas inevitablemente venían ligadas al propio Estado: sus reivindicaciones necesariamente tenían que pasar por lo colectivo. “Las mujeres sostienen la mitad del cielo”, dijo Mao, pero esa aparente apuesta por el papel femenino dentro de la sociedad se tradujo sin embargo en la práctica en normas que reducían a la mujer a mero instrumento de producción y reproducción, que debía romper con el modelo de la familia china tradicional. El control sobre las vidas femeninas se agravó con la entrada en vigor en 1980 de la política de hijo único, un masivo aparato de planeamiento familiar que supuso la muerte o el abandono de millones de niñas. Con estos mimbres, no resulta complejo entender que las reivindicaciones de los feminismos chinos de los últimos años hayan huido de lo colectivo para poner el foco en lo individual.

 

La búsqueda de la individualidad

 

El siglo XXI ha traído aparejadas una buena cantidad de contradicciones en el status de las mujeres chinas y su feminismo. Los últimos quince años han visto, por un lado, toda una serie de reformas legales destinadas a proteger sus derechos y un avance en su incorporación al mundo laboral en puestos de decisión; al mismo tiempo, sin embargo, se han revitalizado formas de discriminación que parecían parte del pasado y han surgido otras nuevas, producto de la rapidísima inclusión de China en la economía de mercado, como la prostitución o la venta de niñas, los problemas de conciliación familiar… Existen además las denominadas “mujeres sobrantes”, un término usado para referirse a aquellas jóvenes de más de 27 años que permanecen solteras al haber preferido su carrera profesional a la búsqueda de un marido, y que se consideran completamente alejadas del ideal femenino mayoritario.

Ese ideal de femineidad actual ya no responde al discurso maoísta, sino a los intereses del mercado: los medios de comunicación son los principales creadores y difusores de una identidad femenina basada en el culto al cuerpo y la belleza. Una parte de las feministas del país critican la sujeción de muchas de sus compatriotas a los modelos y patrones estéticos occidentales, y a un consumismo que anteceden a la lucha por sus derechos. El capitalismo ha traído aparejado un creciente individualismo, que hace más difícil adquirir una conciencia colectiva y política.

Lo que no ha cambiado respecto a los años noventa es el deseo de las feministas chinas de desarrollar su propio modelo: conscientes de que el feminismo occidental parte de países desarrollados, consideran que no podría resolver sus problemas, y conceden una enorme importancia a la economía dentro de los postulados de su movimiento. El lema “lo personal es político” del feminismo occidental es rechazado, pues recuerda los tiempos del maoísmo, en los que la política se entrometía en las relaciones personales y politizaba el espacio privado, que el feminismo chino del siglo XXI quiere mantener exclusivamente para las mujeres. También rechazan los términos “igualdad” y “liberación”, pues consideran que bajo la bandera de la igualdad sexual y de oportunidades con los hombres, en la práctica lo que sucedió es que terminaron sobrecargadas, obligadas a desempeñar labores sociales y domésticas: el Gobierno comunista les permitió trabajar como los hombres en el ámbito productivo, pero sin apoyarlas en la doble carga, productiva y reproductiva.

Asimismo, centran sus reivindicaciones en derechos individuales, desde el respeto a la soltería hasta las demandas sobre el propio cuerpo, antes que en demandas políticas propiamente dichas. Cuestiones como la explotación de las trabajadoras en las empresas multinacionales, la trata de mujeres a través de las fronteras o la responsabilidad social corporativa con visión de género se han introducido en el debate más reciente como consecuencia de la acelarada industrialización china en los últimos años. Todas estas iniciativas conviven con el trabajo de la Federación de Mujeres, que sigue siendo la más grande del país y articula una gran red que va desde el nivel provincial y municipal hasta las aldeas más remotas, siempre en estrecha relación con las directrices del Partido Comunista.

Debido a las dificultades que las autoridades plantean para el desarrollo de un movimiento feminista, su articulación ha resultado compleja y se ha centrado más en acciones puntuales, de gran visibilidad e impacto, mediante las que sus integrantes han intentado hacer llegar a la opinión pública sus reivindicaciones. Se trata de acciones muy diferentes entre sí, que en muchas ocasiones no siguen una línea de discurso común y que ni siquiera están realizadas por las mismas personas. Algunos ejemplos son el rapado de cabello de la activista Xiao Meini en 2012 para protestar contra las políticas universitarias que imponen notas de entrada más altas para las mujeres que para los hombres; las “Bloody Wedding Gowns”, una manifestación que condujo a varias activistas, en el año 2015, a denunciar la violencia doméstica bajo el lema “Sí al amor, no a la violencia”, con trajes de novia salpicados de falsa sangre; “Free the five”, una protesta contra el arresto de cinco jóvenes que iniciaron una campaña contra el acoso sexual en los transportes públicos…

Queda patente con todo ello el gran reto de los feminismos chinos del siglo XXI: defender las reivindicaciones individuales sin perder de vista el imprescindible foco en la sororidad y las luchas colectivas, en un escenario político y económico tremendamente cambiante y lleno de retos. 

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