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EN BUSCA DE LAS ESCRITORAS PERDIDAS

 

Por Jennifer Santín Vivero, trabajadora social y Máster en investigación aplicada en estudios de feminismo, género y ciudadanía, con especialidad en literatura y artes

 

En 2016 surgió en Twitter la iniciativa #leoautorasoct, que, coincidiendo con el Día de las Escritoras, propone leer solamente a mujeres durante todo el mes de octubre, con el objetivo de visibilizar los textos literarios creados por ellas. Y es que un texto literario no solo transmite belleza, también ideología y pensamiento. La literatura es un agente socializador que tiene capacidad de reforzar o tambalear planteamientos políticos y sociales.

 

Un canon masculinizado y eurocéntrico

Las mujeres escritoras llevan a sus espaldas siglos de censura, invisibilización y violencia; por un lado, han tenido que hacer frente a las trabas que se han encontrado a lo largo de la historia para poder desempeñar una profesión que se consideraba masculina y por otro, han tenido que luchar por el reconocimiento y contra la ocultación e infravaloración de sus creaciones, una invisibilidad cultural que se agrava en determinados colectivos. Maude Foster hace referencia a esta censura en uno de sus poemas publicados en 1976:

 

Ella se sentaba y cantaba siempre

Junto a la orilla verde de un arroyo,

Observando a los peces saltar y jugar

Bajo la hermosa luz del sol.

 

Yo me sentaba y lloraba siempre

Bajo el rayo más lóbrego de la luna,

Observando a las flores de mayo

Derramar hojas en el arroyo.

 

Yo lloraba por los recuerdos;

Ella cantaba por la esperanza que es tan bella;

Mis lágrimas se las tragó el mar;

Sus canciones murieron en el aire.

 

Sus canciones estaban condenadas a morir en el aire, pero las barreras y el silencio impuesto se han encontrado con cientos de historias de resistencia por parte de mujeres que han plasmado sus experiencias y contestaciones al sistema imperante utilizando la escritura como arma dialéctica. Una lectura y análisis de muchos de los textos que han sido canonizados nos permiten ver cómo una gran parte de la literatura (entendida como agente socializador) masculina modeló, creó y definió personajes femeninos a su antojo, generando dicotomías al ofrecer modelos que exigían elegir entre mujer buena/mala, ángel/monstruo…

El canon literario y los catálogos editoriales siguen siendo territorios masculinizados: según los datos publicados por el Observatorio de género del Ministerio de Cultura en su informe de Indicadores estadísticos culturales vinculados al libro y desgloses por sexo (junio-Julio 2019), de los 55.501 ISBN registrados solo el 31,1% pertenece a obras de autoría femenina; las cifras también reflejan que entre los libros inscritos en soporte papel el 63,3% corresponden a varones.

Por otro lado, el canon se debe despatriarcalizar y descolonizar con el fin de crear una herencia que no solo englobe mujeres blancas, occidentales, de clase media y heterosexuales. Desde la crítica literaria feminista se realiza una labor de relectura de obras que han sido canonizadas con el fin de analizar los roles y estereotipos de género que pueden estar presentes en estas; otra de sus funciones es la de recuperar obras de escritoras olvidadas/ocultadas. Un ejemplo lo tenemos en el proyecto editorial Ménades. Es importante destacar el carácter prospectivo de la crítica literaria feminista, pues no solo se encarga de rescatar aquellas obras que han sido enterradas, sino que pone en valor nuevas creaciones. El canon funciona como guía, crea categorías y establece un orden necesario; la diversidad de los personajes femeninos y de la historia literaria evita que a las niñas se las coloque en una situación de inferioridad al carecer de modelos o representaciones con las que compartan identidad. Este tema ha sido estudiado y reflejado en obras de autoras como Chimamanda Adichie o Toni Morrison.

Sabemos que la literatura es un agente socializador y la lectura es un acto socializado, pues leemos aquello que nos han enseñado y buscamos nuevas lecturas, al tiempo que enseñamos y canonizamos en base a nuestras expectativas. Por ello, también es importante reivindicar una lectura que sea capaz de interpretar y reinterpretar los textos desde una conciencia y visión crítica, y promover una recepción cultural interesada en conocer a qué discursos se les ha dado legitimidad y a qué voces se les ha permitido proyectar estos discursos. Leer y escoger lecturas no solo es un acto de placer, es un acto político.

 

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