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ECOFEMINISMO, ¿PARA QUÉ?

Por Daniela Sansón, economista, especialista en Economía feminista y Máster en Estudios de las Mujeres y de Género.

 

Nos acercamos al punto de no retorno para recuperar la estabilidad ecológica del planeta. La necesidad de tomar conciencia ante la crisis ambiental que enfrentamos actualmente es un tema que derrama tinta todos los días, y también dinero.

Como bien ya dijo la activista Petra Karin, “todos quieren volver a la naturaleza pero nadie quiere hacerlo a pie”. Es así que el capitalismo verde ha tomado parte, pues el desastre ambiental significa también muchas oportunidades de inversión y ganancia. Diversas industrias han adoptado el eslogan ambientalista y el consumo de sus mercancías se ha convertido en la forma de limpieza de conciencias para la sociedad de consumo.

Al margen, como siempre, surgen las alternativas reales, cooperativas y comunidades que ofrecen productos ecológicos e intentan generar una economía social y solidaria, antípodas de la lógica capitalista, que tienen enfrente una labor titánica y un camino en el cual es difícil evitar ser engullidos por la capacidad de transformación del modo de producción actual.

Aprovechando esta urgencia por salvar el mundo, también nos invade la moda de volver al mundo natural, pero con la comodidad de dejar intacto el funcionamiento socioeconómico. El regreso del hijo pródigo (el mundo desarrollado) a la madre naturaleza no nos está conduciendo a un final feliz, pues lejos de generarse un despertar de conciencias, se están produciendo impactos negativos en territorios y comunidades de países del Sur global.

Toda este mercado New Age naturista, sobre todo la nueva industria del turismo espiritual, usa como gancho la relación histórica entre lo femenino y la naturaleza, así como la espiritualidad de muchas culturas no occidentales; sin embargo, solo lo ofrecen como elementos en “experiencias” mercantilizadas que banalizan rituales y culturas nativas (como retiros espirituales en medio de la selva amazónica a precios exorbitantes), al tiempo que a nivel global escala la violencia machista, el racismo hacia las culturas indígenas y el asesinato de líderes ecologistas en países del Sur.

 

¿Cómo luchar contra esta realidad tan desoladora?

En este panorama, el lado positivo es que tenemos a nuestro favor un despertar del movimiento feminista en las calles, una producción abundante de conocimiento teórico feminista comprometido y la resistencia permanente de los pueblos que así han estado desde el inicio de la colonización de la Edad Moderna.

Lo primero que podemos sacar en claro es que nuestro papel para transformar nuestra realidad actual no estará limitado a hacer “elecciones” de consumo: pasarse de una marca de champú que experimenta con animales a la cosmética ecológica es solo la punta del iceberg.

La primera acción necesaria para enfrentarse de forma efectiva a un problema es hacerse con las herramientas precisas para entenderlo y así, después atacarlo. El ecofeminismo, como conjunción de propuestas teóricas y prácticas que señalan la relación entre la opresión de las mujeres y la explotación irracional del sistema ecológico, se ha convertido en una de las perspectivas más propositivas en proyectos alternativos al desarrollo y en uno de los paradigmas feministas que más sinergias ha creado con distintas disciplinas humanísticas, movimientos y ciencias sociales.

Mi invitación a formarnos en ecofeminismo es enfática y entusiasta, pues nos ayudará no solo a analizar el mundo sino también a dilucidar objetivos y caminos para llevar a la praxis su necesaria transformación; por utópicos que ahora mismo nos puedan sonar los objetivos del ecofeminismo, (igualdad de género y el uso racional de los sistemas ecológicos) es necesario plantearlos. Nos encontramos en un momento histórico para pensar en utopías, recordando la sabía reflexión del cineasta, director y actor argentino Fernando Birri: “¿Para qué sirve la utopía si es como el horizonte? Camino diez pasos y se aleja diez pasos más. Para eso, sirve para caminar”.

 

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