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LA DOBLE DISCRIMINACIÓN HACIA LAS MUJERES SIN HOGAR

Por Marina Granizo, psicóloga sanitaria y terapeuta con más de 15 años de trayectoria profesional con colectivos vulnerables: personas sin hogar, refugiadas, mujeres víctimas de violencias de género y personas con adicciones

El “sinhogarismo oculto” que sufren las mujeres sin hogar las desprotege, las invisibiliza. Mientras que el sinhogarismo de los hombres se ve, se atiende y se gestiona, el de ellas, en contraposición, no se ve, no se atiende y dificulta la intervención especializada que requiere.

Las mujeres sin hogar tienen por denominador común características como las siguientes: la situación de calle les supone un gran deterioro en su salud mental y física; cuentan con escaso apoyo social y económico por parte de las instancias gubernamentales; su acceso a una vivienda es especialmente dificultoso, dado que tienen menos recursos económicos; hay una amplia restricción de acceso a los recursos de población sin hogar para ellas, pues solo el 74% de los recursos admiten mujeres.

Por tanto, en el caso de las mujeres sin hogar se da una doble agresión, la agresión que nos brinda nuestro sistema patriarcal por ser mujer y la de la situación de pobreza añadida. En general, la angustia que produce estar en la calle o en un alojamiento inseguro proporciona una visión de “túnel borroso”, en el que ninguna ve esperanza en su vida y no se puede imaginar un futuro mejor.

Recomendaciones para una intervención desde el género

Muchas de las mujeres sin hogar, a consecuencia de los condicionantes anteriores, sufren inestabilidad emocional, situaciones de estrés, sensación de desamparo, desarraigo y una desproporcionada soledad. De ahí la importancia de que las profesionales que se dedican a la intervención social con ellas tengan formación ya no solo en violencia de género sino también en trauma.

El objetivo de las profesionales a la hora de hablar de ellas debe ser acercarse a sus situaciones vitales, sus circunstancias vividas, sus factores de vulnerabilidad social… De este modo, evitaremos caer en la revictimización de estas personas, que si un denominador común tienen, ya no es solo su soledad, sino su capacidad de resiliencia, de sobreponerse a situaciones de enorme dificultad.

Vivir en la calle las coloca en un nivel de exposición y vulnerabilidad mucho mayor que a cualquier hombre. Salen de sus hogares, muchos de los cuales no son ya de por sí espacios seguros para ellas, para caer en una situación de calle que genera una inseguridad mayor, y que además dificulta todo el acceso a la higiene personal, el acceso a entrar en cualquier establecimiento y que no te miren mal, a coger el metro, el acceso a poder dormir sin sentir miedo.

Las mujeres sin hogar tienen el estigma de “ser sin hogar” y el de “ser mala mujer”. Mujeres que no han sabido rehacerse a sí mismas, que no han sabido cuidar de otros, ni de ellas. Sobre ellas recaen los tópicos de “están en la calle porque quieren”, “se lo han merecido”. Afirmaciones, que entre otras muchas, las ponen en un lugar de “merecedoras” y no de “víctimas” de un fallo del sistema organizacional y estructural.

Los motivos que llevan a una mujer a una situación de pobreza distan de los de los hombres y su vulnerabilidad es mayor. Las mujeres, por norma general, se dotan de multitud de recursos y de habilidades para evitar dormir en la calle, pero cuando no les queda otra opción, su vida allí es notablemente más dura, si cabe, que la de los varones. Para poner el broche final a este artículo, quiero resaltar que estamos todo el tiempo hablando de las mujeres sin hogar, como si fueran etiquetas o un tipo concreto de mujeres. La realidad es que cada una es diferente y única, al igual que lo somos el resto. No obstante, resulta innegable que las condiciones de vida, de estar en la calle, en ocasiones repercuten en ciertos daños psicológicos y en heridas irreparables en el alma de muchas de ellas.

 

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Foto de Olaia Irigoien en Unsplash

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